viernes, 23 de julio de 2010

CUATRO MIL TREINTA Y DOS PESOS

Una puta basura. Esto era lo que precisamente una vieja gorda como lobo de mar me había dado por mi trabajo. Que dame más bolsas, que se me van a romper, que voy lejos, que el metro. En definitiva no se qué mierda más me dijo y lo triste es que la historia termina con tres monedas de diez sobre mi mugrienta mano. No puede ser, no lo podía creer. Cargué sus cajas de cerámicas una por una dentro del carro y más encima el cachalote me daba instrucciones como si nunca hubiese metido algo dentro de una bolsa. Estaba a punto de lanzarlas para que ella hiciera los malabares que me estaba pidiendo. Y después que di lo mejor de mi, me da unos miserables treinta pesos. ¡Qué se joda!


La siguiente era otra señora. Iba todo bien, pero se quiso pasar de lista. Me pidió más bolsas. Le dije que no podía darle más, que eran reglas de la empresa. La vieja esbozó a regañadientes que me pudriera.

- No hay monedas entonces, mijito.

Así de sencillo. Ni siquiera movió su estropeado rostro carcomido de arrugas al decirme aquello ¡Puta vieja! Ni que quisiera sus mugrosos pesos, aunque, pensándolo bien, igual los necesito.


Luego se acercó un tipo, que tendría cerca de exitosos treinta años, que se burlaba de lo que decía en una pequeña chapita que se sostenía de mi pechera amarilla.

- Seguro no carreteas con la plata que te da la gente-se dirigió a mí esperando respuesta.

Sólo lo miré. No dije nada. En casi un año he aprendido a tragar saliva y hacer oídos sordos. ¡Qué le importa a él lo que hago con mi dinero! Creo que su jefe tampoco le dice a él qué hacer con el sueldo que le da, de lo contrario no estaría pagando treinta mil pesos en irrisorias doce cuotas. Yo también odio eso de “su propina es mi sueldo”. Cuántas personas piensan que es un absurdo cliché, como el típico “estamos trabajando para usted” cuando en realidad trabajan para ellos, para vender más. Me gustaría que todos supieran que no tenemos sueldo fijo y que nos merecemos al menos un “gracias” de sus desdichados labios al recibir sus productos embolsados.

Me tenía bastante deprimido este día. Recién había llegado y llevaba más malos ratos que dinero en mis bolsillos. En algún momento esto debiese cambiar, pensé. No tardó mucho en suceder. Un caballero medio rechoncho, de mejillas coloradas y un suave hálito alcohólico se dio cuenta de todo lo que había pasado. Me dio un consuelo bastante católico, pero que en ese momento agradecí.

- Perdónalos, porque no saben lo que hacen-me dijo mientras le envolvía unas pilas que llevaba.

Una vez terminada la frase bíblica más oída en las películas de semana santa, extendió su mano izquierda para tomar su pequeña bolsa y dejó caer mil pesos sobre el mesón.

- Para que olvides los malos ratos y te los gastes donde quieras-exclamó mientras me guiñaba un ojo.

Ese día me hice cuatro mil treinta y dos pesos.