Hay preguntas que se detestan por sí solas.
- ¿Me amas?-preguntó Magdalena a lo lejos.
Y de verdad que no supe qué responderle. Y de la impresión casi se me cae la taza que estaba lavando. Esto no tiene nada que ver con lo que realmente sienta por ella. Lo que sucede es que, al contestar este tipo de preguntas tan definitivas, nunca la otra persona queda del todo satisfecha con la respuesta. Podría pintarle el mejor cuadro del mundo para expresárselo, podría cantarle mil serenatas, dedicarle la más bella melodía jamás escuchada o simplemente podría tener un minuto de inspiración en que se funda lo que siente mi corazón y lo que dicta mi cerebro (para que la respuesta tampoco escape de lo tangente de este mundo) y expresarle con una delicada oración todo lo que siento por ella. Pero aún así, con semejante mamonería barata, es posible que a ella no le queden del todo claros mis sentimientos o que ponga en duda la verdad de éstos.
Lo más incómodo es que este tipo de preguntas es que aparecen en momentos en que la respuesta se hace imperativa y debe ser resuelta de manera casi instantánea porque de lo contrario significaría que estas pensando mucho la respuesta, lo que en términos simples se deduce a una mentira. O al menos eso es lo que suele la gente creer.
Así que ahí me quedé, pensativo, con la taza en la mano y sin una respuesta rápida y convincente que otorgarle a la mujer con la que había compartido alrededor de doscientas noches de cálida compañía. Lo que más me preocupaba, más que la maldita respuesta, era la reacción que tendría Magdalena al enterarse de la respuesta. Hace varios días que se sentía con un poco de angustia sobre el futuro de nuestra relación producto de que en el trabajo le habían dicho, hace una semana más o menos, de que se iría trasladada a Barcelona por dos años. Dos eternos años, como ella los describió en el momento en que me lo contó. Momento en el que no abundaba mucha felicidad en su rostro y en el cual parecía haber olvidado todo lo que había luchado para conseguir tal oportunidad laboral. Y es que estas cosas pasan. Todos, en algún momento de nuestra vida, solemos darle mayor importancia a la parte profesional que a la personal, pero no tienes conciencia del problema enorme que debes enfrentar cuando, sin quererlo, cambiaste de opinión y tales cosas dejan de tener la importancia que pensabas que tenían. Era en esta parte de su vida en la que se encontraba Magdalena.
Mi pobre Magdalena.
Ahora ella se encontraba en la pieza ordenando la cama. Algo para nada emocionante o que active profundamente la cosa emocional, algo que te evoque a realizar este tipo de preguntas. Quizá la fotografía nuestra, que nos sacamos en una tarde de sol en Frutillar, que está tendida sobre el escritorio junto a mi máquina de escribir, la hizo volver en sí misma y remover sus recuerdos y establecer en su mente aquella sensación de pertenencia que siempre me demostraba cada cierto tiempo. Y es que ella solía ponerse muy cariñosa en circunstancias que no lo ameritaban, pero aún así teniendo en cuenta esto no pude dejar de sorprenderme con su pregunta. De cierta manera me estaba preparando para este momento, pero al final nunca se está muy dispuesto para las cosas importantes de la vida.
De repente sentí que sus pasos se volvían hacia la cocina en búsqueda de la ansiada respuesta que le daría posiblemente otro sentido a su vida, y a la mía también. Tal vez. Lo único que no deseaba era hacerla cambiar de opinión, que fuera ella quién decidiera su futuro. Me sentía como el verdugo del resto de sus días y eso no lo podía soportar. No me nacían palabras una vez que la tuve de frente a mí.
- ¿Martín? ¿Me oíste?-me dijo, acercándose.
- No… ¿Qué me dijiste?-contesté mientras continuaba lavando la loza.
Hay respuestas que se detestan por sí solas.