Aquello significaba volver a empezar, hecho nunca fácil en su vida. Varias relaciones perdidas, un hijo muerto, un matrimonio a cuestas, recuerdos de una vida dura. Nunca había sido fácil ponerse de pie, pero dicha tarea la había logrado con un éxito tal que nunca pasó por su cabeza meterse una bala en la cabeza o arrojar su cuerpo a la vía del tren.
Sus ojos de pronto se fijaron en esa caja de madera. Aquella
que hoy le arrebataba de cuajo sus sueños, sus romances, sus tiempos de
compañía y soledad, sus enojos, sus dichas, sus viajes, sus canciones, sus almuerzos de
domingo, sus tardes de siesta, sus cumpleaños feliz, su musa, su Venus latina.
Su Vida.
Sus oídos no podían oír nada. Ni las palabras del cura ni
las pronunciadas por sus hijos. Esos hijos que la vida y su compañera le habían
dado la dicha de disfrutar, con sus defectos y virtudes. Su boca temblaba de
nervios, sin hallar camino, recordando esos labios no muy generosos que solía
besar cada tarde al volver del trabajo.
Hay días en que valdría más no salir de la cama, se
recriminaba.
En esos momentos ya tenía la mirada mojada y oraba por el
eterno descanso de su amor.
Unas gotas de agua sobre las flores que cubrían parte de su
historia, daban término a aquel pesar que lo tuvo intranquilo durante tantos
meses. Su cuerpo se disipaba en una dimensión que no conocía. Pero sentía una mezcla de
absenta y de niebla en el ambiente, tan mundana que le parecía familiar.
Ya todo había acabado. Iba a ser un largo camino a casa.