Bailamos, dije, susurrándole al oído de alguna manera que a Colomba le pareciera excitante. Desde luego que no lo fue tanto pero acepto de todas maneras mi propuesta.
El baile no era algo en lo que destacara, es más, creo que era una de las cosas que peor hacía, sin embargo, lo deseaba. Deseaba bailar con Colomba. Creo que nunca lo había hecho. Y es que hacer cosas que se tienen a la mano, al alcance, resultan de lo más comunes y ordinarias que uno por lo general las deja pasar, sin importar si algún día las llegaras a desear con todas tus fuerzas. Hasta que llega el día.
Y ese día había llegado intempestivamente.
La tomé de la mano. Tenía los dedos húmedos y cada una de las falanges rígidas, sin movimiento alguno. Nunca creí que la sentiría así, tan fría, tan distante. Sin duda era una señal. Debía alejarme, quizás ordenar mi maleta y salir de ahí. Pero lo cierto es que muchas veces no hago lo que debiese hacer. Decidí bloquear esa señal que sus manos se encargaban de entregar. Así que procedí a relajarme para que ella también lo hiciera. Al menos si este iba a ser nuestro único y último baile debía de ser perfecto.
En el ambiente sonaba “True Blue” de los Dirty Beaches, un grupo que le gustaba mucho a Colomba. Cada vez que oíamos esa canción le decía que me recordaba a Mía Wallace, el personaje de Uma Thurman en Pulp Fiction, y ella se reía, me decía que estaba loco, que no tenía nada que ver una cosa con la otra, que mi fascinación por Tarantino me tenía cegado. Luego me tomaba del rostro y me daba un beso.
Ella reía y me besaba. Eran otros tiempos.
Sentía ganas de decirle algo, escupir una mísera palabra o una silaba al menos. Pero mi inquieta cabeza nada era capaz de ordenar, así que continuamos en silencio. Le solté una mano y puse una de las mías en su cintura, tal como lo hacía la gente al bailar. Me acercaba lentamente, casi seduciéndola pero sin hacerlo. Sabía que aquello era imposible. Al tocar su cintura descubrí que se encontraba algo más gorda que hace un año atrás pero igualmente continuaba siendo una mujer atractiva. Creo que nadie pudiese entender como yo no era capaz de darme cuenta de esos detalles si era yo quién dormía a su lado todas las noches. Pero esa era la palabra correcta: dormía. Nada más.
Avancé lentamente mi mano por su espalda, la deslicé como en aquellos años en que hacíamos el amor delicada pero no por eso menos apasionadamente. Tras la blusa podía sentir ese lunar que tenía en su espalda que tanto me gustaba. Me detuve unos segundos en ese lugar pero decidí seguir el recorrido hasta dar a una de sus nalgas. Era como explorar algo nuevo. Sentía el calor de su cuerpo, algo ya olvidado a estas alturas, que de a poco la dominaba, dejándose llevar por el delicado ritmo de la música. Apoyó su cabeza en mi pecho. Era una buena señal. De repente sentí su fría y a la vez húmeda mano recorrer mi espalda, casi rozándola con alguno de sus dedos. Fue ahí que resolví hacer algo para cambiar las cosas, aunque fuera un último intento por enmendar el rumbo que habíamos perdido, aunque aquel intento subsistiera lo que durara el beso que me prometí darle. La tomé con ambas manos por el rostro, la miré fijamente. Fue tan triste recordar todo el tiempo en que olvidé esa hermosa mirada que me tapé los ojos con mis manos para no continuar torturándome. Sentía ganas de llorar desconsoladamente aunque sabía que era imposible que derramara alguna lágrima delante de Colomba. Y no por machista sino porque sabía que no saldría ninguna. Así de simple.
Fue en ese momento que ocurrió lo inesperado. Inesperado, al menos para mí.
Abrí mis ojos y la vi más triste que nunca, como nunca la había visto. Y es que se notaba en su rostro el paso de los malos tiempos a mi lado. Se hallaba al lado de la puerta que conectaba el living con la cocina. Estaba de pie, incólume y triste. En sus ojos veía odio hacia mí por mi incapacidad de darle la felicidad que nos prometimos al momento de embarcarnos en esta relación. Derramó una lágrima. Sólo una y salió de la habitación.
Era demasiado tarde, no había nada que hacer. Debía dar vuelta la página. Creo que mi amigo tenía razón: la vida es muy corta para bailar con una gorda.
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