martes, 14 de febrero de 2017

INVIERNO

- ¿Sabías que amar es saber que no te cambia el tiempo, ni las tempestades, ni mis inviernos?
- ¿De dónde sacaste eso, Viejo?

Julián la miró en silencio. A sus vividos noventa años ya le costaba un poco ordenar sus ideas y se tomaba el tiempo que fuera necesario para hacerlo.

- No sé de dónde lo saqué. Lo debo haber leído por ahí.

Ángela continuaba haciendo sus labores del hogar sin prestarle demasiada atención. Ella era un poco más joven que Julián y la vida la había premiado con una salud envidiable para sus ochenta y pico años. Ella preparaba un estofado que comerían dentro de unos minutos, y es que a su edad no se permitían acostarse más allá de las diez de la noche y ya eran casi las nueve.

Cenaron de la manera que lo habían hecho durante más de sesenta años. Frente a frente. Solos. Nunca tuvieron hijos, así que nunca esperaron a más gente a comer junto a la desvencijada mesa de madera que Julián había construido hace más de treinta años atrás. A veces conversaban de aquello, de cómo hubiera sido su vida si hubieran tenido uno siquiera. Nunca se lo reprochaban, tan sólo hacían planes y se reían como si mucha vida les quedara por delante. No existía el fin para ellos.

Una vez realizado el rito del lavado de dientes y del Padre Nuestro respetivo de cada noche, se fueron a dormir. Julián demoró un poco más de lo normal en el baño. Ángela, preocupada, se acercó a la puerta.

- ¿Pasa algo?

No hubo respuesta.

Ella decidió golpearla. Al hacerlo Julián la abrió de improviso.

- No te oí, olvidé mi audífono en el comedor-repuso algo agitado.
- ¡Me pusiste nerviosa! Pensé que había pasado algo.
- No te preocupes, el día que eso suceda, tú serás la primera en saberlo-le dijo Julián mientras besaba su frente, tranquilizándola.

Se había dormido hace un par de horas, cuando de repente algo despertó de manera violenta a Julián. Un par de pensamientos se estaban apoderando de su cabeza. Ángela sintió algo en su corazón y también despertó. Una fría sensación la embargaba.

- ¿Pasa algo, Julián?

Él se mantenía en silencio.

- ¿Pasa algo, Julián? ¡Respóndeme!-insistió Ángela.
- ¿Sabías que amar es saber que no te cambia el tiempo, ni las tempestades, ni mis inviernos?

Ángela no entendía que sucedía. Julián volvía a repetir la misma frase de hace algunas horas atrás.

- ¿Pasa algo, Julián? Ya es segunda vez que me dices eso.
- ¿Lo sabías?-insistió.
- No sé a qué te refieres.
- Creo que llegó el momento de que asumas mis inviernos.

Ángela si sabía que significaba eso. O al menos lo recordó.

Ambos se acomodaron en la cama que los había cobijado los últimos quince años de sus vidas. Julián le extendió su brazo izquierdo y Ángela se apoyó en su pecho, de la misma manera en que lo hizo cuando hicieron por primera vez el amor.

Julián besó su frente y cerró sus ojos. El invierno para ellos definitivamente había llegado.


sábado, 4 de febrero de 2017

DEMOLICIÓN

Toda vida es un proceso de demolición. Y yo ya había comenzado el mío.

Sólo se me ocurría mirar y evaluar los daños. Era incapaz de nada más. Una mesa volteada, tres vasos rotos, cuatro cubiertos disparados, tres manteles voladores, un risotto de camarones que se quemaba en la cocina, un corazón hecho pedazos y un montón de lágrimas rodando por tus mejillas. Sólo mi corazón y una silla estaban a salvo de los destrozos. Me mantenía frío ante lo sucedido porque mi mente también estaba dañada, aunque no lo pude ver en ese instante.

Sentía mis ojos inyectados de decepción y la más profunda de las tristezas. Cómo ocurrió todo esto, decía, consolándome. Uno siempre lo sabe aunque te hagas el idiota la vida entera. Nada era por casualidad y al menos en eso estaba claro.

Nunca fui capaz de alegrar tu vida. Al menos no de la manera en que lo hice los primeros años y de la cual te habías enamorado. Nada era eterno en realidad, eso debías saberlo. Tampoco hice nada por remediarlo. Tomé palco para ver cómo nuestras vidas se desperdiciaban fundidas en la indiferencia y el desamor. Los esfuerzos en la vida están destinados sólo a las cosas que nos importan de verdad, y creo que ya no eras parte de esa reducida lista.

En estos momentos tan sólo sentía mi respiración, la cual se había relajado un poco. Tú ya habías huido y yo no había hecho nada para retenerte. Ni hoy ni hace bastante tiempo atrás.

Me acerqué a la silla que se había salvado del huracán que había arrasado con todo, desabroché el botón de mi camisa, aflojé mi corbata y tomé asiento. Puse mi cabeza entre mis manos sintiendo tu mirada a lo lejos. Fue la última vez que te sentí cerca.

Hice el ejercicio de recordar algunos buenos tiempos, pero me desanimé en el acto. Tan sólo me quedaba desearte suerte en silencio. No necesitaba nada más que eso para mi vida en estos momentos.

- Adiós, Roberto.-alcancé a balbucear, antes de largarme a llorar.

La demolición había terminado.