- ¿Sabías
que amar es saber que no te cambia el tiempo, ni las tempestades, ni mis
inviernos?
- ¿De
dónde sacaste eso, Viejo?
Julián la
miró en silencio. A sus vividos noventa años ya le costaba un poco ordenar sus
ideas y se tomaba el tiempo que fuera necesario para hacerlo.
- No sé
de dónde lo saqué. Lo debo haber leído por ahí.
Ángela
continuaba haciendo sus labores del hogar sin prestarle demasiada atención.
Ella era un poco más joven que Julián y la vida la había premiado con una salud
envidiable para sus ochenta y pico años. Ella preparaba un estofado que
comerían dentro de unos minutos, y es que a su edad no se permitían acostarse
más allá de las diez de la noche y ya eran casi las nueve.
Cenaron
de la manera que lo habían hecho durante más de sesenta años. Frente a frente.
Solos. Nunca tuvieron hijos, así que nunca esperaron a más gente a comer junto
a la desvencijada mesa de madera que Julián había construido hace más de
treinta años atrás. A veces conversaban de aquello, de cómo hubiera sido su vida
si hubieran tenido uno siquiera. Nunca se lo reprochaban, tan sólo hacían
planes y se reían como si mucha vida les quedara por delante. No existía el fin
para ellos.
Una vez
realizado el rito del lavado de dientes y del Padre Nuestro respetivo de cada
noche, se fueron a dormir. Julián demoró un poco más de lo normal en el baño. Ángela,
preocupada, se acercó a la puerta.
- ¿Pasa
algo?
No hubo
respuesta.
Ella
decidió golpearla. Al hacerlo Julián la abrió de improviso.
- No te
oí, olvidé mi audífono en el comedor-repuso algo agitado.
- ¡Me
pusiste nerviosa! Pensé que había pasado algo.
- No te
preocupes, el día que eso suceda, tú serás la primera en saberlo-le dijo Julián
mientras besaba su frente, tranquilizándola.
Se había
dormido hace un par de horas, cuando de repente algo despertó de manera
violenta a Julián. Un par de pensamientos se estaban apoderando de su cabeza.
Ángela sintió algo en su corazón y también despertó. Una fría sensación la
embargaba.
- ¿Pasa
algo, Julián?
Él se
mantenía en silencio.
- ¿Pasa algo,
Julián? ¡Respóndeme!-insistió Ángela.
- ¿Sabías
que amar es saber que no te cambia el tiempo, ni las tempestades, ni mis
inviernos?
Ángela no
entendía que sucedía. Julián volvía a repetir la misma frase de hace algunas
horas atrás.
- ¿Pasa
algo, Julián? Ya es segunda vez que me dices eso.
- ¿Lo
sabías?-insistió.
- No sé a
qué te refieres.
- Creo
que llegó el momento de que asumas mis inviernos.
Ángela si
sabía que significaba eso. O al menos lo recordó.
Ambos se
acomodaron en la cama que los había cobijado los últimos quince años de sus
vidas. Julián le extendió su brazo izquierdo y Ángela se apoyó en su pecho, de
la misma manera en que lo hizo cuando hicieron por primera vez el amor.
Julián
besó su frente y cerró sus ojos. El invierno para ellos definitivamente había
llegado.
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