- Qué comes?
- Mierda.
- Por qué?
- Porque así lo siento. Mi boca y la comida sabe a mierda.
- Estás bien?
- Qué crees?
No había culpa en sus preguntas. Pero todo sabía a tempestad. Tenía mal sabor. Odio, malestar, un sinsabor, nada ni miserablemente sabroso. Amargo como la hiel. Como la historia de pueblos castrados por sus descubridores. Como la historia de pueblos sometidos por los hijos y nietos de sus descubridores.
Tú sólo vives en mi círculo de rabia y no te mereces esto. Pero con quién me desquito? Con un bicho raro que deambula en la cocina? Con el chofer del autobús? Con el ser más insignificante de mi torpe ironía?
Ni él, ella. Nadie.
No. No era así.
Me das vida con tu amor. Me das momentos de vida. Me das lo que no sabes que tienes.
Lo mereces?
Mereces lo mío?
No.
Por supuesto que no.
Dame tu comida. Dame de tu plato de amor. No requiero cubiertos de plata, ni más sal ni más pimienta. Necesito tu sabor.
Ignórame.
Olvídame por un minuto.
Cambia tu cara y devuélveme tu amor.
No necesito tu orgullo simplón, ni el mío que es de por vida.
Ignórame.
Muchas veces es mejor no escucharme y menos darle sentido a mis balbuceos.
- Creo que estás horrible hoy-me dices.
No comes nada, pero adivinas.
Tu plato está intacto.
Eres bruja o lo aparentas.
Pero disfruto y te disfrazo de tantas intimidades, y nada es tan cierto como tú y yo en nuestra alegría.
Me avergüenzo de mi cobardía.
Te cansaste. Del día, tus problemas y mi desidia.
Se hace tarde.
Vas a dormir y te acuestas de perfil.
Me tumbé a tu lado. Detrás.
(Perdón)
No alcanzas a oír.
Lo repito.
A veces el orgullo no me deja sacar la voz.
(Silencio)
- Perdón.
Escupo. Miedoso.
- No te preocupes. Hay días en que te odio también. Hoy fue al revés.
- Te amo.
- Yo también te amo. Y mucho.
- A veces mi estupidez es más grande, pero nunca tanto como nuestro amor.
- Lo sé. Y así creo que nos queremos.
Volteaste, tomaste mi rostro con ambas manos y me besaste con tanto sabor. Ese que despierta todos mis sentidos y oscuras pasiones.
Te abrazo.
Siento tu cuerpo helado y me sumerjo en lo más tibio.
- Qué comes?-me dices.
Sonrío. Tú sonríes.
No lo soporto.
Me haces muy feliz y no pronuncio palabra alguna.
Mi lengua y tú.
No piden nada más.
Se pierden.
Tan sólo deseo ese sabor a ti.
Muchas veces me pidió que le escribiera una carta, no sé si era realmente porque necesitaba tener un algo que en los momentos dificiles le hiciera sentir que de verdad lo amo o por el simple gusto y amor a las palabras, al papel y a las historias.
ResponderEliminarEscribí muchas, pero sentía que ninguna era lo suficientemente buena para que llegara a su universo. El miedo que sentí al verme expuesta en esas hojas era gigante, pero nunca tanto como el miedo que me da sentir su ausencia en mi vida. Quizás debí pasarselas, enviarselas, por último mencionarlas, que supiera que su solicitud estaba constantemente rondando mi cabeza, aunque pareciera a ratos que en ella no entraba nada más o que mis oidos eran sordos a sus requerimientos.
Necesitaba hablarle, saber que sentía, si este dolor lo compartía conmigo o simplemente ya había zanjado este extraño capítulo de su vida. Ni siquiera hubo tono, el sonido de descarte en el auricular, el sonido de descarte en mi oido, el sonido de descarte en mi corazón. Todo al mismo tiempo, significó el final.
El vacío,
el dolor,
el pánico,
el desamor.
Siempre he sido difícil, siempre he sido impulsiva. Probablemente el temor que manifestó muchas veces a lo inestable de nosotros no era infundado. No sé reaccionar, disparo, disparo de forma letal. Nuevamente disparé, nuevamente lo erí, nuevamente lo mate.
Perdón, lo grito con toda la fuerza del mundo. Perdón, lo grito con todas las voces del mundo.
No quise hacerlo o quizás si, quizás yo tambien estaba media muerta ya y quería compartir la agonía de la soledad.
Te llamé. Me comí mi orgullo. Porque se supone que lo demás es lo que importa.
Te amo. Yo tambien. Y mucho.
No. Nuevamente eran los delirios de mi cabeza enferma. No hubo tono, no hubo siquiera un sonido el auricular del teléfono. Nada. Solo el sonido del descarte.
Mis ojos lo leen, ahí están sus palabras. Hazte cargo de tus palabras. Hazte cargo de tus miedos. Hazte cargo de tu enfermedad.
Perdón, por todo lo que le hice y lo que no hice. Por los gritos, los vacíos, el orgullo, el odio, la rabia, perdón por hacerlo responsable de mis inseguridades, por cargarlo con mi historia, perdon por todo.
Mi propio mea culpa, mi propia carta de despido.
Esperé mucho la suya, pero algo lo alcancé a conocer.
Lo herí, lo herí y lo atravesé.
Su orgullo lo proteje ahora.
Se construyó un bunker y se instaló justo en medio del.
Ahí ya no lo alcanzo, no lo veo, no lo huelo, no lo abrazo, no lo beso, no lo siento.
Espero que un día, a pesar de estar allí resguardado, le llegue mi rendición. Me rindo.
Te amo. Te amo con cada fibra de mi corazón, de mi cabeza, de mis manos, de mi cuerpo.
Fue una guerra.
Y Nadie ganó.
Todos perdieron.
Las guerras son así, estúpidas y enceguecedoras. No me permitieron verlo, no me permitieron ver su dolor, no me permitieron ver que sus balas eran su manera de defenderse de mi artillería.
Espero que en su bunker, sienta mi risa que lo hacía sonreir, sienta mis manos que lo ayudan a dormir, mis pies junto a los del y sienta mis besos que despiertan sus sentidos.
Siempre lo leí.
Siempre lo pensé.
Siempre lo amé.
...
No quise poner condiciones, quise sentirme amada, considerada, feliz.
Su amor me hizo feliz y espero que un día, luego de todo este bombardeo, si es que logro sobrevivir, lo vuelva a ver, lo abrace y lo bese.
Que me lea, que me lea como si lo estuviese diciendo.
Que pueda sonreir. Que el sonría
Que lo soportemos
Que nos hagamos felices y que pronienciemos todas las palabras del mundo, todas las que no fueron dichas. Los amores y los perdones, las molestias, y los agradecimientos.
Que nos pidamos.
Nosotros, nuestras lenguas.
Que se encuentren.
Y disfruten su sabor.
Te amo. Y mucho.
...