Una puta basura. Esto era lo que precisamente una vieja gorda como lobo de mar me había dado por mi trabajo. Qué dame más bolsas, qué se me va a romper, qué voy lejos, qué el metro, qué se yo qué mierda más me dijo y lo triste es que la historia termina con tres monedas de diez sobre mi mugrienta mano. No puede ser, no lo podía creer. El cachalote me daba instrucciones como si nunca hubiese metido algo dentro de una bolsa. Estaba apunto de lanzarlas para que ella hiciera los malabares que me estaba pidiendo. Y después que di lo mejor de mi, me da unos putos treinta pesos. Qué se joda. Al rato vino otra vieja y se quiso pasar de lista. Me pidió otra bolsa. Le dije que no podía darle más, que eran reglas de la empresa. La vieja de mierda a regañadientes me dijo que me pudriera, que no había moneda entonces. Puta vieja. Ni que quisiera sus mugrosos pesos.
Lo bueno eso si es que después de tanta injusticia consecutiva no faltan los ángeles caídos del cielo, almas bondadosas que te dan mucha plata por nada y así compensas lo que los cagados no quisieron darte. En general, no fue tan mala mi jornada, de hecho me fue bastante bien. Lo único malo es que tenía una sed de mil putos demonios. Era jueves y la garganta me comenzaba a pedir un poco de alcohol aunque fuera sólo un poco. Con unas pocas monedas de cien que me quedaron decidí ir al supermercado a comprar unas cervezas para el camino. Algo suave.
Había poca gente en las cajas así que mi tránsito por el supermercado fue rápido. Tomé dos latas de Quilmes, pagué y salí del lugar. Sé que la elección es un poco rioplatense como para estar en Chile, pero es una de las cervezas que me gustan.
Bajé al metro, lugar que nunca me ha gustado mucho. Siempre lo he encontrado frío, indiferente, aunque eso sí muy rápido y seguro. Es un lugar donde nadie dice nada, con suerte se miran para no chocar unos con otros y no poner sus pies sobre los de otro. Todos enchufados a su tecnología mientras suben y bajan con cierta coordinación. Como si fueran parte de un engranaje invisible. En cambio la micro es otra cosa. Siempre la he preferido, le tengo cariño y no cambia su esencia aunque pasen los años.
Me bajé del metro, puse la radio en mi celular, salí de la estación y prendí un cigarro. Existe como una cuadra de distancia entre el metro y el paradero de la micro. Por eso siempre fumo cuando salgo a la superficie ya que la micro siempre está esperándome y con pocos interesados en subir, pero resultó que había una fila interminable. Estaba con las piernas muertas, las cervezas en el bolso y una sed que acechaba. Pensaba en puras mierdas mientras esperaba que el resto de los animales que esperaban subir lo hicieran. De pronto estaba cerca de la puerta, pero ya sin cigarro en la mano ni con un asiento disponible a simple vista. Me quería ir sentado. Quería disfrutar mis cervezas tranquilo, en mi asiento mientras leía un manuscrito hecho por mí. Así que ha esperar se ha dicho.
Un viejo que vende maní se paseaba cantando su producto y el valor de éste. Por otro lado pasaron unos peruanos con un carro con sopaipillas. Me destruyeron sicológicamente estos desgraciados. Recordé que aparte de garganta tenía estómago y que no había satisfecho de manera decente sus necesidades. No había almorzado en todo el día. Lo bueno es que pronto apareció la micro y me subí rápido tratando de olvidar esas grasosas masas que me hacían flaquear.
Marqué en el validador con mi pase escolar y me dirigí a mi asiento favorito. Es uno que da en la dirección contraria a la que va toda la gente normalmente. Una posición privilegiada para ver quién baja y si su anatomía vale la pena o no. Por lo común me toca ver grandes traseros que casi no caben dentro de los pantalones. En fin, una vez sentado y antes que se llenara la micro y saliera disparado el chofer, destapé una de mis latas de cerveza. Casi me juega una mala pasada. Estaban todas batidas, lo había olvidado. La cajera de mierda del súper no sé si era estúpida o una activista antialcohol, el asunto es que una vez que marcó el código de barra de las latas no encontró nada mejor que lanzarlas lo que produjo que chocaran entre ellas y contra la bandeja donde unos jóvenes como yo empacan las cosas. Así que cuando abrí la lata casi se desparrama por mis pantalones.
La micro estaba a punto de partir y yo aún no tenía compañero de asiento. Había hasta gente de pie y nadie se quería sentar conmigo. Pensé “será la cerveza, creerán que vengo borracho”. Reía al pensar eso. Hasta se me pasó por la cabeza que el calor en amistad con el desodorante me habían jugado una trampa. Olí mis sobacos y nada. No estaba hediondo. Se puso en movimiento la máquina y seguía solo en mi asiento. Decidí no preocuparme por no tener compañía y le dí un gran sorbo a mi cerveza y comencé a leer.
Primera parada. Una vieja de culo de ballena parece que se había equivocado de micro e hizo un show para poder bajarse. Llevaba unas cajas y nadie la quería ayudar. En eso apareció un postulante para el asiento que estaba libre. Era un viejo somnoliento que de mirarlo daba sueño. Un verdadero hijo de Morfeo. El papá mejor dicho. Pensé “este viejo querrá sentarse si se nota que viene muerto en vida”. Pero no. Se quedó parado en el asiento de enfrente y de vez en cuando me miraba como le daba unos largos sorbos a mi cerveza.
Me sumergí en mi libro y en mi lata. Ese era mi mundo. Eso hasta que llegó una mujer morena, que vestía una polera blanca y unos jeans ajustados. Era más o menos baja. Nada muy especial. Ella si se animó a poner su culo junto al mío. Puso su bolso sobre a sus piernas y desde el interior de éste sacó un enorme libro que parecía una Biblia. Era de esos libros con tapas de cuero, empastados. Pensaba “lo que me faltaba… una mina de una secta a mi lado mientras tomaba cerveza en un lugar que no corresponde… debe pensar que soy un pecador”. Se terminó de acomodar y comenzó a mirarme raro. Como que trataba de ver algo a partir del reflejo del vidrio de la ventana. Me tenía intrigado. Seguía con sus raros gestos hasta que se le escapó un “ah” y se decidió a abrir su libro y dejar de mirarme. Pensé “debe estar buscando donde tengo la cerveza, si igual salía su olor loco de la lata”. Confirmaba mi teoría en la cual era un pecador a través de esas misteriosas miradas.
Una vez terminada la problemática dogmática de la cerveza y la religión, me dio la leve curiosidad de ver que estaba leyendo ella. Si de verdad era una Biblia o no. Resultó que en ese libro resaltaban los hobbits, los elfos y todas esas rarezas dignas de libros y películas que no son de mi gusto y no los milagros, cruces ni apóstoles como creía que encontraría. La mujer me miró. No me quedó otra opción que esconder la mirada, pero decidí mirarla fijamente a los ojos. Nos quedamos así un instante hasta que un frenazo repentino nos hizo caer los ojos en nuestros respectivos libros.
Continué leyendo lo que tantas noches de desvelo me había costado escribir y que tantos errores tenía. Pero no me sentía solo. Sentía que mis ojos eran guiados por alguien más. Miré de reojo. La mujer estaba más pendiente de mi libro que en el de ella. Continuamos así por un largo rato. Fácilmente habrán pasado cerca de cinco minutos en que esa mujer devoraba mis palabras. La miré a los ojos. Fijamente. Creo que la asusté. No miró en un rato. Hasta que la volví a ver inmiscuida en mis escritos. Esta vez no hice nada. La dejé tranquila. Alguien se bajó y el viejo somnoliento encontró asiento. Mientas miraba como el cadáver viviente se sentaba, la mujer me comenzó a seguir la mirada. Lo sentía, pero no quería mirar. Hasta que rompió mi indiferencia con una pregunta que me dejó perplejo.
- ¿Me puedes dar tu libro?
- ¿Qué?-le dije mientras me quitaba los audífonos.
- ¿Si me puedes dar tu libro? o al menos te lo cambio por el mío.
- Mmm… -la quedé mirando.
- ¿Qué me dices?-replicó la mujer.
- Si quieres…
- Si, si quiero.
- ¿El tuyo de qué es?-le pregunté.
- Es el señor de los anillos. ¿Te gustan esos libros?
- No, ni las películas.
- ¿Me lo cambias igual?
- Bueno, como quieras, pero quédate con el tuyo. No es que no lo quiera, pero te debe haber costado más dinero que el mío.
Nunca nadie había leído las basuras que había decidido escribir. Y esta mujer que decidió poner su trasero junto al mío me los leyó sin autorización, pero sentía una grata sensación al ver que eran valorados por alguien. No la volví a mirar en todo el viaje y no nos dijimos palabra alguna. Me volví a enchufar mis audífonos dentro de mis orejas. Continuamos el viaje de manera normal luego se esa interrupción. Ella iba leyendo mi libro y yo uno de Fuguet que llevaba dentro de mi bolso mientras escuchaba una canción que ya no recuerdo en estos momentos. De pronto, rápidamente, la mujer tomó sus cosas y se paró frente a la puerta. Tocó el timbre con su mano derecha. El chofer detuvo la micro. Abrió las puertas. La mujer me miró, me sonrió y se bajó.
Creo que debería haberle recibido el libro. Aunque fuera una puta basura.
By IgOrCeTe...
kiubo.!
ResponderEliminarmas penoso ke los 30 pesos es ke
te manden, te pidan mas bolsas y te den
unos miserables 5 pesos divididos en 5 monedas.!
ke forma de describir un enkuentro del tercer tipo.!
hubieras kambiado el señor de los anillos por una pilsener, economia basika poh ser de metro 90.!
Saluos.!
Tamos al Habla.!
xaUCxaUCxaUC.!