Estaba muerto. Mis pies ya no respondían al llamado de mis impulsos nerviosos. Me sentía un inválido total. Creo que cualquier hombre heterosexual que haya hecho el miserable intento de acompañar a una mujer de compras entenderá que eso, a medida que avanza el reloj, se convierte en un tortuoso suceso, al borde del delirio. Y salir de compras con Sofía no fue la excepción que yo esperaba.
Dimos cerca de mil vueltas por el mismo centro comercial, incluso por los mismos pasillos, y nada conseguía llenar su gusto. En cambio yo ya tenía un traje visto para la maldita fiesta a la que iríamos en la noche en el night club del hermano de Luca. Era un traje sencillo de color gris que iba acompañado de una camisa blanca con colleras en los puños y una corbata de un tono semejante al morado, pero no de ese color exactamente.
Sofía se veía indecisa hasta que miró su reloj y descubrió que ya era demasiado tarde, que en menos de dos horas había que estar en la fiesta y que la tienda ya la estaban cerrando. Tomó un vestido de color azul intenso, muy ceñido y escotado, que según me dio la impresión no fue el que más le gustó, y se dirigió a una caja a pagarlo. Después de esto salimos y tomamos el primer taxi que se nos cruzó en nuestro camino.
Su departamento fue nuestro centro de operaciones. Ahí nos dimos una ducha corta, cada uno por separado, y nos cambiamos de ropa. Sofía lucía radiante y creo que yo no tanto. Me sentía incómodo dentro de ese costoso traje. Pero ya está, no había nada que hacer a esa hora de la noche. Sofía hizo una llamada y en menos de diez minutos había un auto esperándonos abajo.
No tuve necesidad de abrirle la puerta del auto a Sofía, pues se bajó el conductor del automóvil que nos esperaba.
- Hola, buenas noches. Me llamo Carlos, pero me pueden decir Charly-dijo el tipo mientras sostenía la puerta con su mano derecha-soy quién está a cargo de llevarlos al club y de que se sientan cómodos esta noche.
- Hola, buenas noches-asentimos ambos cortésmente.
El tipo dio la vuelta una vez que cerró mi puerta y se montó a conducir el radiante Audi negro en el que estábamos sentados. No sabía si hablar en el trayecto o simplemente ir en silencio. Me sentía agobiado dentro del traje, además la apariencia mafiosa del tal Charly no ayudaba mucho a distenderse. Lo bueno fue que él se ofreció voluntariamente a romper el gélido ambiente que se estaba produciendo.
- ¿Ustedes como se llaman? Digo, para poder ubicarlos durante la noche.
- Él se llama Dante-dijo Sofía apuntando hacia mi- y yo, Sofía. Trabajamos en la productora de Luca, el hermano de Luigi.
- Si, eso supuse. Algo supe de que la fiesta era para Luca. Deben prepararse para esta noche porque será única y especial ¿Han venido antes al club? ¿Lo conocían?
- No-contesté yo recordando el nombre. “Champagne” creo que se llama.
- ¿En serio, Dante? ¿No lo conoces? El “Champagne” es uno de los night clubs más importantes de la escena nocturna de Santiago ¿No sueles ir a este tipo de lugares?
- No-le contesté a Sofía un poco enfadado. Creo que el hecho de ser un pseudo actor porno no me hace ser un fanático de antros como este, me dije a mi mismo.
Nunca me han llamado la atención, de hecho, nunca he ido solo ni con alguno con los pocos amigos que tengo a un lugar así. Ninguno es como de este ambiente, creo.
Matías es un tipo que no frecuentaría este tipo de lugares. Su fatídica religión creo que no se lo permitiría. El pobre es un caminante sin sentido. Un cágate-de-calor constante. Un testigo de Jehová. Testigo de qué, no sé, pero testigo al fin y al cabo. Sale vestido con trajes de la ropa americana cada fin de semana a tocar puertas con su roñoso maletín de cuero negro en compañía de su madre y su hermana. Con ella comparto un pequeño secretito que él no sabe.
Víctor, menos. Aunque creo eso sí que él es una pobre victima más, al igual que yo, del porno. Como consumidor eso si. Siempre lo he notado muy tímido con las mujeres, como que se vuelve idiota de sólo sentir la presencia de una cuota mayor de estrógenos en el ambiente. Se pone un poco tartamudo y toda la coherencia que pueden tener sus frases en nuestras conversaciones se pierde así como si nada con la cercanía de un par de tetas y unas nalgas medianamente prominentes. No quiere decir tampoco que yo sea un maestro en estas lides, pero creo que me defiendo decentemente.
Siempre he pensado que el porno congela las neuronas de quienes lo ven y se integra a ti como una droga de la cual te haces adicto. Y los síntomas, que yo creo que existen, son los que posee mi amigo en cuestión. Lo más increíble de todo es quién es el que dice que el porno mata neuronas: La estrella porno del momento.
Sofía conversa de lo más animada con nuestro chofer de la noche. Creo que lo ha visto un par de veces antes, en otras fiestas. A mi no me interesa nada de esto. Si no fuera por la insistencia de Sofía creo que no habría venido a esta fiesta. No tengo ganas de conocer a nadie más de este mundo obscuro. Nadie que tenga que ver con sexo, su producción y distribución. Si no fuera por la puta plata…
Luca nos espera en la puerta del club junto a un gordo rechoncho que suda como caballo de feria libre, se pasa un pañuelo blanco sobre su frente a modo de disimularlo. Sofía dice un par de cosas que no tienen mi atención. Veo una enorme alfombra roja como las que hay en los premios Oscar. El tal Charly se baja del auto y abre la puerta al lado en que va sentada Sofía. Ella baja en pose de diva. Creo que después de todo a ella igual le gusta el espectáculo aquel. A mi no. Me bajo como si viniera bajando desde una micro en movimiento con destino a ninguna parte. Charly cerró la puerta tras de mi.
- ¿Cómo está mi reina?-le dice Luca, tratando de ser galante, a Sofía. No consigue tal efecto, en todo caso.
- Bien ¿y usted, Luca?
- Excelente sobre todo después de verla bajar tan sensualmente desde ese auto. Creo que un día de estos haremos una toma dentro y ya…
- ¡Cállate hueón!-interrumpe el gordo más gordo- ¡Cómo se te ocurre hablar de trabajo antes de que empiece la fiesta! Disculpe a este animal por ser tan impertinente. Bienvenida Sofía-le dice, besándole la mano.
- Luigi-intervino Luca-te presento a mi nuevo diamante en bruto con verga de burro, bastante en bruto, diría yo jajaja… Su nombre el Dante.
- Hola Dante, un gustazo-dice Luigi mientras me soba el hombro derecho al mismo tiempo que estrecha mi mano.
- ¡Este es el hombre de los treinta y dos centímetros!-sacaba pecho Luca de su descubrimiento.
- ¡Guau! Ya me quisiera yo una pistola de esas mi amigo…-decía sorprendido Luigi mientras me miraba el bulto.
- ¡Esta bosta es mi hermano! ¿Nos parecemos? La mayoría de la gente dice que no. Que yo soy más guapo jajaja…
- ¡Cállate hueón impotente!-responde Luigi-Seré gordazo pero aún me funciona la pichula. No necesito de esas mierdas azules que tomas día por medio para mantener tu bandera flameando.
Sofía reía. Yo no. Me parecía todo tan… no sé…
- Déjense de hablar tonteras-dijo Sofía- ¿Qué tal si entramos?
- Por supuesto. Pasen-Contestó Luca.
En eso vi que Charly le decía unas cosas al oído a Luigi. Éste, a pesar de no conocerlo, me parecía que estaba demasiado inquieto.
Entramos. Sofía me tomó la mano. Yo no la rehuí. Me sentía cómodo por primera vez desde mucho rato. Me daba la impresión de que esta sería una gran noche, a pesar de todo.
Estaba todo muy obscuro. Había sólo unas pequeñas y fugaces luces iluminando todo el lugar. Vi unas cuatro plataformas con forma de cubo repartidos en las instalaciones del club, en dos había un caño en la parte central de éstos. Al fondo había una chica semidesnuda recogiendo un par de billetes que se le habían caído al suelo desde el pequeño hilo que cubría sus partes nobles. Había mucha gente al interior. Un grupo de solteros, supongo, celebraban las acrobacias de una mujer sostenida de una tela completamente desnuda mientras otro montón de hombres se acercaban a sacar las tapas de sus botellas de cerveza donde se situaba una chica que parecía tener un destapador dentro de su vagina. Se asomaba la botella hasta ahí y ¡Magia! ¡No había tapa! Un vejete pelado saltaba emocionado ante tal acto de “ilusionismo”. A lo lejos se veía que estaba Luigi, aún con su sudado pañuelo, dando las últimas instrucciones a algunas chicas, pero sobre todo a algunos de los muchos hombres vestidos de trajes negros que portaban un pequeño audífono cada uno. Luca se nos acercó y nos dijo que fuéramos a la barra a pedir algo de beber, que parecíamos idiotas sin un vaso en la mano. Yo no quería beber aún. Mi estómago no estaba en condiciones de recibir más alcohol ya que la noche anterior había vomitado hasta la leche materna de mis primeros meses de vida. En cambio, Sofía si quiso beber un trago.
- ¿Acompáñame a la barra, Dante?-me dijo mientras me tiraba del brazo izquierdo. Parece que no aceptaría un no por respuesta.
Llegamos a la barra. Había un tipo que se veía demasiado complicado con la preparación de un trago. Leía una carta donde salían las medidas de cada uno de sus componentes. Se notaba nervioso. Sofía me hizo una seña para que no le molestásemos hasta que terminara con lo que estaba haciendo. Una vez que finalizó, Sofía se acercó a él.
- ¿Eres nuevo?-preguntó.
- ¿Por qué? ¿Se nota mucho?-dijo el hombre lanzando una enternecedora sonrisa.
- Un poquito-le dijo Sofía-No te preocupes, a todos nos es difícil cuando tienes un nuevo trabajo ¿Cierto Dante?
- Si-asentí. Me sentí obligado a hacerlo.
Fue lo peor que pudo hacer Sofía. Me recordó todo lo mal que lo había pasado desde que decidí tomar este puto y poco tradicional empleo.
- ¡Qué tonto que soy!-se dijo a si mismo el improvisado barman-No me había presentado. Mi nombre es Emilio, para servirles.
- ¡Oh! Cierto. Yo me llamo Sofía y él, Dante.
Quedaba claro que Sofía sería la reina de las presentaciones durante toda la noche ya que mi estúpida humanidad no era capaz de intercambiar palabra alguna con nadie.
- ¿Qué van a tomar?
- Yo quiero un vodka con jugo de arándanos ¿Tu Dante?
- Yo paso por el momento, es que aún no me repongo del descalabro de anoche-dije soltando una pequeña risa de vergüenza.
- Dale una cerveza, por favor-sugirió Sofía- ¿Cómo no vas a tomar algo aquí?-me dijo mirándome fijamente a los ojos.
- ¡Cómo usted ordene, señorita!-dijo Emilio mientras torpemente daba una vuelta para comenzar a preparar el trago que Sofía le había pedido.
Nos sirvió nuestro pedido, o mejor dicho el pedido de Sofía, y nos despedimos de él hasta más rato. Nos ubicamos en una de mesas que tenían unos comodísimos sofás alrededor de éstas.
El desfile de cuerpos desnudos, total o parcialmente, era tremendo. Era imposible mantenerse al margen de aquella selva de mujeres traviesas haciendo de las suyas. Mientras bebía mi primera cerveza recordaba a la última novia que tuve. Se llamaba Romina. Era delgada, tenía cabello castaño, ojos color café y de unos labios finos, aunque finísimos sería la descripción más precisa. Además tenía unas tetas perfectas, un modelado trasero y un pequeño rollito bajo el ombligo casi imperceptible para el ojo de quién mira en la calle. Ella, que para mí en ese momento era fabulosa, no era nada teniendo en cuenta los monumentos hechos a mano que eran parte del circo montado por el hermano de Luca. Fue así como me comencé a entusiasmar.
Pedí una botella de vino tinto. No acostumbraba a tomar vino, pero me parecía más suave para mis molestias internas que un licor más fuerte. Además hasta esa hora aún sentía al orfeón de carabineros dentro de mi cabeza entonando una rimbombante canción. Al cabo de media hora ya me había bebido todo su contenido. El ahogo que tenía producto de los múltiples paquetes de cigarros fumados la noche en que salí con Sofía pasó al olvido. Le pedí un par de cajetillas de Camel al camarero que pasaba cerca de nosotros, además de una botella de whisky para mí y un par de mojitos para Sofía.
Cada segundo, minuto, hora que pasaba sentía que era el último. Aplaudía a rabiar un exótico número de una gorda extremadamente robusta y fofa que bailaba un tema muy gay de George Michael. Aunque pensándolo bien… ¿Qué tema no es gay de ese tipo que es gay? En fin, la gorda, que se hacía llamar “Mandy Galaxy”, miraba fijamente a un hombre casi de la misma contextura de ella y le golpeaba en el rostro con una de sus enormes tetas. El hombre reía y emitía sonidos dignos de un búfalo en el momento de su apareamiento, una escena muy de Discovery Channel para mi gusto. Luego acomodó sus enormes nalgotas sobre la nariz de otro tipo, mucho más delgado que el primero, que sin duda se perdía dentro de aquel cachalote bañado en emulsionado. Llegué a pensar en el peligro que traería para ese hombre si la gorda decidía posarse entre sus piernas, cosa que al final no hizo, por el bien de ese tipo.
Abrazaba a Sofía, la comenzaba a apretar contra mi pecho y sentía que ella no se negaba a mis inexplicables impulsos. Trataba de rozar su rostro con el mío y le decía un montón de idioteces a modo de sacarle una leve sonrisa. Ella me correspondía. Me sentía feliz por aquello. Y por eso seguía bebiendo. El sabor acaramelado del whisky pasaba por mi garganta como un lubricante para una vagina en estado de resequedad. Se sentía a gusto el licor en ese espacio que le otorgaba dentro de mi cuerpo. Y esa felicidad interna se comenzó a traspasar a los demás. Ya no era sólo Sofía la beneficiada de mis caricias. Tomaba algunas de las nalgas que pasaban cerca mío, un par de pezones negros, otros más rosados. Recuerdo que besé a una mujer que llevaba el cabello rojo y ésta me metió su jugosa lengua dentro de mi boca. Me tomó de la mano, me quería llevar hasta donde estaba el escenario, pero yo me resistí. Así que me soltó y se perdió con otro hombre más bajo y más rechoncho que yo. Trataba de buscar a Sofía, pero no la encontraba en ese mar de hombres descontrolados y mujeres desnudas, mostrando senos y vaginas y piel y sudor, todo entrelazado.
En eso sentí que las cervezas estaban a punto de comenzar a chorrearme los pantalones. Decidí ir al baño antes de que eso ocurriese. Le pregunté a Emilio, el barman, que servía un par de tragos, donde se ubicaba éste. Me señaló una puerta que tenía unas luces amoratadas que tenía un sombrero que indicaba que era el de caballeros. Me metí dentro y vi que había otro hombre dentro jugando con su nariz frente al espejo. Era Luigi, el hermano de Luca. Se veía más gordo que hace un rato y aún más sudoso. Me hizo un pequeño gesto con una de sus manos que parecía un saludo.
- ¿Quieres un poco?-me dijo señalándome un poco de coca.
- No, gracias. Quiero mear, estoy un poco apurado.
- Mea tranquilo pendejo. Eso es un orgasmo de yapa que nos dio la naturaleza así que hay que aprovecharlo. Cuando te aprieta la vejiga, como si se reventase, es mucho mejor. No tiene nada que envidiarle a una explosión romántica de aquellas.
Pensaba al oír sus palabras “nadie puede dudar que son hermanos. Son casi idénticos, hablan las mismas barbaridades y sus negocios son medianamente parecidos”. Al mismo tiempo veía como el viejo barrilete se me acercaba con curiosidad. Luca ya le había contado algo acerca de mi “talento”, así que lo más probable era que también quisiera ver lo que le había dicho. Ver para creer.
- ¿Así que tienes una manguera de aquellas, pendejo?-me dijo mientras miraba mi paquete y yo hacía el esfuerzo de guardar mi humanidad dentro de mi pantalón lo más rápido posible así que no pude terminar de mear todo lo que mi vejiga había acumulado.
- Eso dicen-dije como si me sintiese orgulloso de mi “talento”.
- ¿Pero es de verdad o es una puta prótesis? Luca una vez me mintió acerca de uno que supuestamente la tenía como tú, pero la mitad era de goma.
- No. En mi caso es la pura verdad-le dije mientras le daba un gran sorbo a la botella de whisky que me había acompañado hasta ahí.
- ¿Me la puedes mostrar?-dijo con un tono de niño curioso.
- ¡No! ¡Cómo se le ocurre!
En ese momento, todo lo que había sido risa y alegría en esa maldita fiesta se transformó en desazón, tristeza y humillación. Salí raudo del baño, golpeando la puerta de éste a la vez que le daba otro sorbo aún más grande que el anterior a mi botella. Fui directo a la barra.
- Emilio… ¡Otra!
- ¿No será mucho?
- ¡Pásamela, carajo!-el carajo sonó arrastrado producto de mi borrachera.
- Cómo digas…
Me pasó otra botella de whisky y me fui a sumergir dentro de uno de los sofás del club. Bailaba en ese momento la mujer de cabellos rojos que me besó anteriormente. Vestía de gatubela, pero en un plan más sensual que el típico disfraz de despedida de soltero. Miraba todo el dinero que había desparramado en el suelo. Billetes de diez, veinte, y cinco mil pesos eran parte del tapiz del sitio en donde las distintas mujeres se desnudaban. Yo mientras seguía bebiendo como si el mundo se fuera a acabar hasta que recordé a Sofía. No la lograba ver dentro de ese montón de gente, además mis ojos ya no enfocaban tan bien como hace un rato atrás. A la mujer pelirroja, de cuando en vez, le podía ver tres tetas en vez de dos. Eso significaba que ya estaba borracho nuevamente.
Al rato desapareció la pelirroja del escenario y vi la gorda figura de Luigi en su reemplazo con un micrófono en mano. Gritaba cosas que yo no entendía. Mi cabeza no estaba para discursos. Luego vi que Luca subía al escenario también y cogía el micrófono dedicando algunas palabras. Me comencé a sentir mal. Sus frases no tenían sentido dentro de mi inconciencia. Sentía que el sofá me absorbía y no podía separarme de él. Mis ojos se cerraban pausadamente y, en ese intertanto, conseguía captar la silueta de una mujer al lado de ambos hermanos a la cual abrazaban y besaban en el rostro reiteradas veces. Cerré mis ojos finalmente.
De pronto sentí que el sofá me soltaba. Ya no era tan pegajoso como hace un instante. Me puse de pie con la ayuda de alguien, que no supe descubrir quién fue, y di unos torpes pasos en dirección hacia donde estaban esas tres personas. Imaginaba que me guiaban hasta un altar hasta un coro de ángeles. De pronto vi salir a una mujer vestida de monja desde un sector recóndito. Se persignaba mientras me daba su bendición.
- ¿Has pecado hijo mío?
- No que yo recuerde-dije con la “ayuda” de mi lengua traposa.
- Todos somos pecadores, supongo que lo sabes.
- En ese caso, ¡Si! ¡He pecado!-grité para satisfacer a la monja- ¡Me follé a la hermana de mi mejor amigo!
- ¡Oh!-exclamaba ella-Te daré la absolución…
En eso comencé q sentir que me tomaban de todos lados y que la monja se arrodillaba frente a mi. Me tomaba mis testículos por encima del pantalón. Comencé a gritar. No conseguía liberarme de aquello. De repente desperté de lo que estaba viviendo. Toda esa gente miraba como trataban de sacar mi pene dentro de mis pantalones para que fuera observado como un miserable objeto de museo natural, como si fuera un panda en un maldito zoológico. Me tenían tomado de pies y manos. Miré hacia abajo y la monja ya había perdido la mitad de su sotana y sostenía mi verga con una de sus manos mientras miraba a su alrededor. No podía pararla. La agitaba con su mano derecha y nada. Seguía quieta. Sentí que su lengua acariciaba la carne que sobresalía del prepucio y comenzaba a chupar tratando de conseguir su objetivo. Seguía y seguía, y nada. Veía que más gente se acercaba y eso me mareaba aún más. Sentí ligeramente un calor en la parte alta del esófago, pero no le presté atención. Dentro de lo mal que estaba trataba de disfrutar aquella mamada, pero esa sensación interna fue superior. Miré a la monja mientras seguía en su trabajo y me fue imposible detener ese torrente de basura que comenzó a salir de mi boca. Todo mi vómito fue a dar a la cabeza rubia que sobresalía desde mi cadera. La mujer dio un grito y salio de mi lado. Todos se alejaron. La succión que hizo a mi verga lo único que produjo fue aumentar mi mareo producto del alcohol y mis ganas de orinar.
Caminé, aún con mi pene a la vista de todos, hasta la mesa donde había dejado mi botella de whisky, la tomé y me acerqué a una barra en donde había una mujer desnuda bailando para un tipo que se parecía un poco a Sandro y oriné en la silla que se ubicaba al lado suyo. Alcancé a derramar todo lo que cargaba en mi vejiga y a guardar mi verga en su sitio, cuando de repente unos tres guardias se abalanzaron sobre mí y me dieron una buena pateadura y un par de golpes en la cara. Me tomaron entre ellos y me sacaron del club. Afuera, uno me dio la última patada. Me puse de pie, aturdido por aquellos golpes, descubrí que no había soltado en ningún momento la botella. Registré mis bolsillos, tenía sólo dos mil pesos. Poco para un taxi. Cruce la calle, encendí un cigarrillo medio doblado y emprendí mi viaje hacia ninguna parte.
bY iGoRcEtE...
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