miércoles, 15 de diciembre de 2010

OTRO DÍA EN EL INFIERNO (Cuento)

Tengo 74 años y aún disfruto la dicha de tener erecciones. Lo acabo de comprobar hoy. Esa maldita pastilla azul, que todos los demás viejos como yo usan para generar mayor torrente sanguíneo en su arrugada cosa, no va conmigo. El gran problema es la maldita soledad que me persigue desde que murió Josefa. Siempre dios se equivoca. Suele darle más al que no tiene necesidad. Mi verga aún funciona, pero le falta un agujero donde reposar, un baboso refugio que durante tanto tiempo nunca le faltó.

Además de esta miserable y hedionda soledad, sufro de diversos males físicos que no creo que se pasen a esta altura de la vida. Desde hace por lo menos tres años que tengo a los riñones como mis peores enemigos. Me envenenan diariamente y me matan lentamente. Tan lento que casi no me doy cuenta si aún sigo vivo. Una úlcera que me tiene desde los 35 años medio jodido. Y para finalizar un maldito principio de diabetes que me debiese tener tomando sacarina y comiendo galletas de agua para no empeorar mi decadente estructura corporal, aunque, sinceramente, no hago nada de eso.

En este momento me encuentro lleno de mangueras. Es día de diálisis. Esta mierda me tiene realmente al borde del colapso. El sólo hecho de pensar que tengo que salir de mi casa a venir a llenarme de mangueras por culpa de los malditos riñones, que ya no funcionan, me tiene cabreado. Lo único que se podría valorar de esta situación son las redondos y perfectos pechos de la enfermera que me perfora con esas cosas, que no sé como se llaman y tampoco me interesa saberlo, que penetran en mis venas como cuchillos. Y sólo sus pechos. Nada más. El resto de sus subproductos femeninos carecen de valor alguno para el mercado masculino. De hecho en este momento siento mi verga cargada de sangre al verlos, todo esto gracias al bendito lápiz que se deslizó por el escritorio hasta llegar al suelo y que permitió que la mujer se agachara y dejara al descubierto esas partes de su maltrecho cuerpo. De hecho, debe ser más o menos hace cuatro años no veía una glándula mamaria de tan cerca lo que produjo que ese miserable pedazo de piel tomara vida tal como lo hacía en otros tiempos. ¡Y vaya que tenía vida!

Hoy es viernes y, por lo que creo, deben ser casi las seis de la tarde y hace un calor de locos. Si parece que viviéramos en el infierno. Y para peor dicen que el fin de semana será igual o peor. Lo único relativamente bueno es que me debe quedar como media hora para poder volver a casa y seguir disfrutando de mi soledad. Odio salir y venir aquí. Tres veces a la semana me toca hacer este ritual de subsistencia que, en términos médicos me debe mejorar, pero que en términos prácticos me cansa y me mata.

Acaba de llegar un enfermero de esos disfrazado de panadero y me informa que todo el show ha terminado. Me puedo ir a casa a continuar con mi pudrición interna. El lunes nos veremos las caras nuevamente y espero, si dios existe, me dé otra muestra de que al menos mi masculinidad aún sigue viva. Espero que el desgraciado se apiade de mí aunque sea por tres segundos.

Mi hijo mayor, Maximiliano, que se llama igual que yo debido a un arranque de originalidad y orgullo, me espera afuera mientras el enfermero me saca en una innecesaria silla de ruedas desde la sala de tortura. Le da las gracias el muy estúpido y nos vamos.

- ¿Cómo te encuentras, papá?

- ¿Cómo crees que estoy si he estado sentado por horas sin hacer nada, con el brazo tieso, lleno de mangueras y sin ninguna entretención cerca?-lo último lo dije sólo para hacerle sentir mal.

- Perdón, no te hablo más.

Había que ser un perfecto imbécil para creer que se puede estar bien en ese lugar, pero no lo culpo, creo que tiene a quién salir. Y no precisamente a su madre.

Salimos del lugar, me subí al auto y nos fuimos a casa. Siendo rigurosos, a mi casa. Él vive, con su penosa y flacuchenta esposa y un pendejo que tengo toda la impresión que no es de él, en otra casa a unas seis cuadras de la mía. Me dejó en la casa y se despidió amablemente mientras yo no lo tomaba mucho en cuenta. Siempre he sido un mal padre. De hecho, en realidad, he sido malo en casi todos los lugares en que me ha puesto la vida. No tengo talento ni fuerzas para muchas de las cosas que ésta requiere, así que constantemente he pensado terminar con ella de una vez, sin tanto viaje ni mangueras de por medio, sino que de manera más directa, enfrentándola, pero me temo que hasta hoy he convivido con la mala suerte. Esta mala suerte me deprime aún más y no consigue librarme de tales inclinaciones suicidas.

Tenía un poco de hambre, así que decidí abrir el refrigerador y buscar algo de comida que me sobró del día anterior. El doctor me dijo el lunes pasado que no debía subir de peso porque me podría traer problemas para dializarme, pero a esta altura ya poco me importa lo que diga un idiota de cotona blanca. He comido un poco de chatarra durante los últimos días y cosas bastante putrefactas que a una persona en mi estado le provocarían mucho daño, pero a mi no. No a alguien que desee la muerte tanto como yo. Me quedaban unas hamburguesas de pollo que guardé en un papel de aluminio y un poco de ravioles con mucha salsa bolognesa que me preparé yo mismo y que me quedaron fantásticos. Saqué la olla con ravioles y la puse sobre la cocina para que se calentaran un poco. Esperé que estuviera lista y me senté a la mesa a comer. Sin duda los ravioles recalentados no quedaron tan bien como si lo estaban el día anterior. Me sabían a carne descompuesta, la pasta estaba dura y ya no tenía ese sabor característico que le daba la hoja de laurel a la salsa que tanto me gusta. Comí sólo los restos más digeribles y el resto se lo fui a dejar al vago de Emeterio. Es un perro que llegó aquí a la casa hace como cuatro años, un día después de la muerte de Josefa. Lo mantengo en casa sólo porque el idiota de mi hijo cree que es su madre convertida en quiltro con garrapatas. En fin, él al menos si agradeció poder saborear la basura de ravioles que me quedaban.

Al volver del patio trasero, opté por planchar unas pocas camisas blancas para tener tareas adelantadas para mañana. Aborrezco que Sofía, la empleada que contrató Maximiliano para que me ayude con las cosas de la casa, lo haga. Las deja con los pliegues mal planchados, a veces me quema los puños y los cuellos los deja mal marcados. La odio. Así que dejo que esté dos horas viendo televisión y lavando un poco de loza y luego le apago el televisor y la echo a escobazos. Está bien, sé que hay normas de urbanidad que debería tener en consideración, pero a esta edad lo único que quiero es que me dejen en paz. Creo que eso no es nada del otro mundo. Además se pone a ver matinales y cosas que a mi me aburren. Otra razón más para echarla de esa manera.

Una vez terminada la tarea de las camisas, fui al mueble que hay al costado derecho del lavaplatos y saqué una botella de whisky escocés que debo tener escondida para que ni Maximiliano ni Sofía la encuentren. La dejo detrás de las botellas de cloro y le pongo la mitad de una de esas botellas por encima a la de whisky, así que nadie la puede ver a simple vista. Es el escondite que más tiempo ha durado. Un día, Sofía, que creo que no sabe ni leer, se puso a hojear unos libros y me descubrió una petaca con aguardiente que tenía camuflada dentro de un “Quijote de la Mancha”, que al ser descubierta cayó al piso y se destrozó derramando todo su contenido. ¡Ven que tengo varias razones para tratarla a escobazos!

Me serví un trago en el primer vaso que encontré y me lo eché de una vez a la garganta. Moría por echarme un trago así. Es uno de los pocos placeres que me van quedando y que puedo disfrutar, aunque sea a escondidas. Tomé la botella y el vaso y me dirigí a mi dormitorio donde tengo empotrada una vieja máquina de escribir en donde me instalo casi todas las noches a escribir un poco sobre la mierda de vida que me tocó vivir y acerca de la miserable muerte que tuvo Josefa. Aún no me deja dormir la culpa de aquello, es por eso que bebo cada noche para tratar de olvidar que esa maldita noche existió.

Tomé una hoja de papel y la inserté en la máquina y comencé a teclear. “La noche estaba en penumbras, no se veía nada y el alcohol que había bebido era poco lo que me ayudaba. Fui al cajón del dormitorio y saqué el revólver que había heredado de mi padre. Tenía una buena mantención, así que era cosa de apuntar y de disparar. Sentía tibios suspiros, o al menos eso creía y sabía que tenía que terminar con ellos. Di dos pasos y me escondí detrás de la puerta del dormitorio. Aún oía movimiento en el living de la casa y trataba de ser cuidadoso de no meter ruido, quería descubrirlos in fraganti. De a poco me comencé a asomar por el pasillo hasta el living. Sostenía el revólver con ambas manos para tener mayor seguridad de lo que estaba haciendo. O al menos eso creía en ese instante. Mis nerviosos jadeos hacían silbar de una manera singular el revólver que apuntaba hacia el techo de la casa. De repente los sentidos se me nublaron, no era capaz de oír nada de lo que sucedía en la habitación contigua, ni de caminar, ni mucho menos tener control de lo que sostenía en mis manos. Tan sólo recuerdo haber visto una enorme luz y la figura de una mujer al final de esa luz y oír un penetrante zumbido. Debí haber permanecido así, impávido, cerca de unos diez minutos. Al recobrar los sentidos me encontré arrodillado junto al cuerpo de una mujer. Sangraba profusamente desde el pecho. Mis manos la sostenían y se impregnaban de ese líquido escarlata que fluía y fluía, sin detenerse. No comprendía qué mierda había sucedido. La mujer tenía la cabeza en dirección a la alfombra, así que trate de voltearla para ver quién diablos era. ¡En qué demonio me había convertido! ¡Cuántas noches de sexo habíamos tenido apasionadamente para que todo terminara así!, pensé. Fue entonces que di un grito desgarrador. Creo que nunca en mi vida había gritado de semejante manera. En ese mismo instante sentía que golpeaban la puerta de la casa. Se oían patadas, golpes de puño, palos, de todo con tal de derribar la puerta. Yo que veía esto no era capaz de mover ni un mísero músculo. Tomé la cabeza de Josefa y la acurruqué en mi pecho. ¡Cuánto amaba a esa mujer y tanto daño le había hecho! ¡So Miserable! ¡Qué has hecho! Los vecinos y demases gritaban desde el otro lado de la puerta hasta que por fin la derribaron y quedaron estupefactos con lo que estaban mirando”.

Tomé otro trago más de whisky. Esta sería una dura noche. Nunca había sido capaz de describir lo sucedido aquella noche y ahora toda la mierda de ese terrible recuerdo queda plasmada en el papel con una facilidad que me aterra. Si alguien llegase a encontrar esa hoja, sería el principio del fin, lo que no sería malo. Creo que siempre he sido un cobarde. Desde aquella noche, desde esa noche en que Josefa dejó de existir, he convivido con la culpa y los deseos de morir y no he sido capaz de hacer nada al respecto. ¡Puto cobarde! ¡Tan sólo te has decidido a hacer de esto un juego del que disfrutas cada mañana! ¡Ese ritual que llevas realizando desde hace cuatro años!

Esa noche hice tres excepciones. En primer lugar, decidí beberme toda la botella de whisky. Era algo que nunca hacía, pero que esa noche necesitaba. Poco me importaba si me encontraban borracho por la mañana, tan sólo deseaba olvidar de alguna manera el aberrante curso que había tomado mi vida. Cómo había llegado a este punto por culpa de los malditos comentarios de los vecinos y del excesivo consumo de alcohol, lo único que continúa intacto desde esa noche en mi vida. El último vaso de whisky me lo terminé de beber en compañía de un cigarrillo que encontré en la cocina y que debe habérsele quedado a Sofía, ya que es ella la única fumadora que pasa algo de tiempo conmigo. Ésta era otra de las excepciones y, aunque me sabía mal, aún así lo terminé. Cómo extrañaba el humo del tabaco en mis pulmones después de tanto tiempo sin tener uno de esos cilindros en mis arrugados labios. Me relajó. Antes de apagar el cigarrillo, saqué la maldita hoja desde un costado de la máquina de escribir en que había redactado mi sentencia, la culpa que me cabía en los hechos de esa fatídica noche en que murió Josefa. La tomé desde una de las esquinas y acercando el cigarrillo a una de ellas, la procedí a quemar. Nunca hacía esto con algo que yo haya escrito, le tengo mucho respeto a las palabras plasmadas en papel, incluso más que a una persona, pero sabía que no debía dejar ninguna evidencia del error que había cometido, ni siquiera para la posteridad, ya que no quería que Maximiliano, mi hijo, cargara con esa mierda nuevamente, una vez que yo muriera. Creo que después de todo tan mal padre no soy.

Una vez que se me acabó el whisky me fui a acostar, sin lavarme los dientes ya que me apesta esa mezcla de sabores tan distintos que te deja la boca como si recién hubieses besado a una puta que fuma cigarrillos mentolados. Traté de pegar los ojos aunque fuera durante unas horas. Miré el reloj. Eran las cinco y cuarto de la mañana. Tenía hasta las ocho para dormir y luego tomar desayuno, hacer mi ritual, ducharme, vestirme y esperar la llegada de Sofía.

Desperté sobresaltado. Dí un salto increíble considerando mi debilitado estado físico. Lo primero que hice fue mirar el reloj. Marcaba las ocho y diez minutos. Alcanzo a realizar mi ritual antes que llegue Sofía, pensé. Temía no haberlo podido llevar a cabo. Tomé asiento sobre la cama. Estaba todo transpirado. Creo que lo de la ola de calor anunciada era en serio. Me dolía un poco la cabeza, aunque no tanto como debería haber sido. Me parecía a resaca de adolescente, de esas que amaneces mejor de cómo te acostaste. Sólo la lengua la sentía un poco pastosa, con mucha saliva. Me levanté a pies descalzos y me dirigí al baño. Cada mañana hacía lo mismo. Me paraba frente al espejo a contemplar los infinitos surcos que el tiempo, las alegrías y las tristezas han dejado en mi rostro durante todos estos años. Mi pelo canoso, con tintes azuloso gracias a un shampoo que Josefa me compraba, se mantenía en su sitio y era dócil aún. Mis ojos estaban cada día más cansados, deseaban no ver más la luz del sol y delataban mis deseos también. De mi nariz y orejas salían algunos vellos rebeldes producto de mi avanzada edad que yo combatía, pretenciosamente, con unas pinzas que le robé un día a Sofía. Los quitaba suavemente ya que tenían el aspecto de estar anclados en lo más profundo de mí ser. Luego de mirarme detenidamente, procedía a derramar pasta de dientes en mi cepillo y meterme todo eso a la boca. De un lado y luego al otro en secuencia de diez, como me había repetido el dentista durante toda mi vida. Luego tomaba un poco de agua y escupía los sobrantes. Dejaba el cepillo en una repisa y salía en búsqueda de la cocina para preparar el desayuno.

De repente, mientras cogía unas tostadas para llevarlas a la mesa del comedor, se me ocurrió una idea. Llevaba años realizando los mismos metódicos pasos y siempre ellos terminaban con el fracaso de mi ritual. A lo mejor es hora de dejar la rutina y hacer las cosas a mi antojo, pensé. Así que decidí hacerlo. Cómo ya había hecho el paso del baño, lo mejor que se me ocurrió fue dejar el paso del desayuno a un lado. Fue así como me dirigí a mi dormitorio y vi la hora. Eran las ocho y media. Perfecto. Sofía no llega hasta dentro de media hora. Avancé lo más rápido que pude hasta el cajón en donde esa noche de la muerte de Josefa saqué el revólver de mi padre, del mismo lugar donde misteriosamente lo encontraría la policía, al día siguiente, sin huellas que delataran mi culpabilidad en su deceso. El mismo revólver con el que practico mi tortuoso ritual de cada mañana.

Ya tenía todo preparado cuando recordé un detalle. Caminé nuevamente al living, al rincón donde estaba un viejo tocadiscos que conservábamos con Josefa. Era de un color plateado brillante, novedoso para los años en que salieron a la venta, en donde solíamos por las tardes escuchar discos de artistas que nos gustaban mientras bebíamos leche con plátano con unas galletas de chocolate que ella misma preparaba. A mi me gustaba mucho más la música contemporánea, en cambio a ella le gustaban los tangos, uno en especial: “Por una cabeza” de Alfredo Le Pera, interpretado por Gardel. Ese le volvía loca, más bien le excitaba y solía ponerse más cariñosa de lo normal. Saltaba sobre mí y hacíamos el amor fogosamente derramando amor y fluidos por toda la casa. Otros tiempos, sin duda. Mejores que los actuales en los que me tengo que conformar con los pechos de una mal hecha enfermera.

Puse el disco de Gardel y comencé a tararear la canción. Siempre me hacía recordarla, no podía contener las lágrimas que brotaban de mis ojos. Ese tango era una de las pocas cosas que me conseguían conectarme a ella y a su recuerdo. Le subí todo el volumen posible, así los vecinos no oirían nada de lo que aquí pudiese suceder.

Sobre la mesa de centro del living se encontraba una pequeña caja metálica, dentro de ella se encontraba una bala, la única bala que he disparado en mi vida. La misma bala con que dí muerte a mi mujer. Estaba envuelta, delicadamente, por un pañuelo blanco, el cual extendí y pude ver el hermoso resplandor del proyectil al ser alcanzado por un rayo de sol. Nunca pude entender porque esa bala la encontré yo tirada sobre la alfombra y nadie más la pudo ver. Policías, detectives, el fiscal, los vecinos, mi hijo. Nadie, excepto yo.

Tomé la bala y mientras caminaba al baño la inserté en uno de los surcos del tambor del revólver. Luego le di dos vueltas y lo cerré. Esto es lo que decidía mi vida o mi muerte cada día. Mi ritual. Una matutina ruleta rusa frente al espejo del baño, que, durante cuatro años, no había conseguido apuntarle la bala al surco correcto. La cerré y cargué mi pulgar sobre el martillo. Apunté a mi sien derecha mientras miraba todo por el espejo del baño. Repasaba nuevamente mi desvencijado rostro pero esta vez con un arma en mi mano, completamente sudado, mientras cantaba una parte del coro.

- …Por una cabeza, si ella me olvida… Qué importa perderme mil veces la vida, para que vivir…

Cerré los ojos y apreté el gatillo. ¡CLANCK!

- ¡Por la puta! -grité.

Decidí darme una segunda oportunidad. Cargué y presioné el gatillo nuevamente. ¡CLANCK!

Me comencé a desesperar. ¡Cómo era esto posible! Miraba al techo queriendo hablar con el dios que siempre había puteado y renegado.

- ¡Mírame, mierda! ¡Mírame! ¡Si! ¡A ti te hablo! ¡Déjame morir, por favor! ¡Ten piedad de mí!

Terminé de decir eso y comencé a llorar de la manera más penosa que lo he hecho en la vida. Sentía demasiada impotencia. ¡Cuánta gente inocente muere a diario y alguien que lo único que desea es eso, no le sucede! ¡Qué injusta es la vida! No podía entenderlo.

Apoyé el revólver sobre el lavamanos y me metí a la ducha. Mañana será otro día, pensé, mañana si lo haré bien, me sacudiré de toda esta mierda. Me desnudé con toda la rabia que sentía, rompiendo la camiseta y mis calzoncillos, lo único con lo que andaba vestido. Sostenía los restos de ropa con una mano mientras que con la otra abría la llave del agua caliente.

- ¡Hijo de puta!- grité- Eso es lo que eres Maximiliano Alberto… ¡Un hijo de puta!

Seguí sollozando mientras lanzaba la ropa húmeda sobre el lavamanos con todas las miserables fuerzas que me quedaban.

Fue en ese instante que el revólver se disparó.



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