Tomé el cáliz y una hostia mientras miraba a la multitud que se había congregado. No había reparado en ello hasta este momento. ¡Cuánta gente, Dios mío! ¡Cuántas almas esperando tu redención! Y aquí todos frente a mí. ¡Qué pena me daban! Los observaba con atención mientras decía las palabras necesarias para bendecir el vino y el pan y convertirlos en la sangre y cuerpo de nuestro señor Jesucristo. ¡Pecadores! Eso es lo que son, me dije a mi mismo. Ninguno se salvaba. Y es que eso de ser sacerdote te hace conocer íntimamente cómo piensan y se desarrollan cada uno de estos seres que vienen cada domingo, porque no vienen más seguido que eso, a menos que se trate de personas que se encuentren más cerca de la muerte, como los ancianos, a golpearse el pecho en búsqueda de consejos y salvación. Cada uno tiene sus heridas y pecados. Cada uno muestra caretas que ocultan sus miedos y angustias. Y es que la gente siempre sabe como esconder sus emociones y sus reales intenciones. Siempre he creído que eso es uno de los talentos más peligrosos que nos ha dado Dios y el que hemos sabido explotar maravillosamente si la ocasión lo amerita. Pero siempre hay alguna vez en que esto nos falla. No resulta.
Tomé con ambas manos una de las hostias y dije.
- Tomad y comed todos de él porque éste es mi cuerpo que será entregado por vosotros…
Luego tomé el cáliz y proseguí.
- … Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.
Luego sonó el talán de una pequeña campanita dorada.
- Este es el sacramento de nuestra fe.
Mi mente estaba dispersa. Recuerdo que de la nada saltamos a la oración del “Padre Nuestro” y no me di ni cuenta cuando ya estaba toda la gente cantando “El Cordero de Dios”. Hay partes que sinceramente detesto de la liturgia, pero la parte del “Cordero de Dios” me parece que es algo que nadie entiende en su real magnitud y que está de más en ella. Como que la gente la sigue sin buscarle sentido, repitiendo como loros.
Mi vida hoy en día estaba más compleja de lo que podía pensar en años anteriores, cuando pensaba ingresar al seminario. Esta opción era para mí una salida a las múltiples cosas con las que no podía convivir como, por ejemplo, el trabajo, las miserables rutinas a la que sometemos nuestras vidas, los costos de vivir en una sociedad consumista, pero sobretodo detestaba todo lo referido a las relaciones de pareja. Me parecían absurdas. Ese cuento de la fidelidad me apestaba de veras. Y lo peor vino una vez que ya me había hecho sacerdote. Cada día, en cada confesión, debía escuchar al menos dos personas que se sentían infieles, ya sea por palabras, obra u omisión. Esta última me parecía aberrante. La omisión, para mí al menos, es la peor forma de pecar que puede ser llevada a cabo. Y estas pobres almas que buscan desconsoladamente un desahogo ya que viven con esas cargas de pecado como si nada, me parecen aberrantes. Creen que con pasar una hora sentado dentro de una iglesia o dedicando toda su vida a Dios sus males les serán perdonados. No tienen la más remota idea de lo que es Dios y el regalo que él ha hecho de ellos. Y era por eso que me odiaba tanto el día de hoy.
- Deséense fraternalmente el saludo de la paz…
Era el momento de otorgarse la paz. Este es el momento que más valoro, ya que es el instante en que todas nuestras rencillas quedan de lado para dar paso aunque sea por algunos minutos a la mejor cara de los seres humanos. Todos estrechándose las manos, dándose abrazos en señal de paz y afecto. Vi al sacristán que se acercaba delicadamente hasta el sitio en que me encontraba, me tomó la mano, la estrechamos y en ella traía un pequeño papel amarillo doblado en delicados pliegues.
- Qué la paz de Nuestro Señor esté con usted, Padre- me dijo.
- Igualmente, hijo- Contesté, mirándolo extrañado por la presencia de aquel papel.
Lo tomé y lo dejé entre el misal que tenía sobre el altar. Saludé a algunos de los feligreses que habían venido este domingo, los que se encontraban más cerca, principalmente, para no generar mayor desorden. Varios deseaban ser más cariñosos conmigo, sobretodo un grupo de mujeres a las que había ayudado con un problema que tenían en su sede social. Nada del otro mundo, pero se sentían agradecidas de mis gestiones. En fin, trate de no ser muy irrespetuoso ni tan cercano. Temía que descubrieran el estado en el que me encontraba. Un estado que a un sacerdote no se le perdonaría jamás.
Me sentía un poco cansado así que me acomodé rápidamente detrás del altar. Debía preparar el rito de la comunión. Eran pocas las fuerzas que tenía y mi odio interno era cada vez mayor. Deseaba no haber oficiado la misa el día de hoy, pero con la gente no se debe jugar y menos con su fe aunque algo de eso ya había hecho. Era sin duda la razón de todo lo sucedido. Los católicos no me entenderían, pensaba ilusamente, pero tampoco encontraría apoyo o ayuda en la otra vereda.
- Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
Bebí un poco de vino con agua y comí un pequeño trozo de la hostia, los cuales compartí con los demás diáconos presentes. Luego cada uno de ellos se desplazó a uno de los costados de la Iglesia mientras yo me fui al sector de siempre, al centro. A ellos les repartí la mayor parte de las hostias ya que no deseaba estar mucho tiempo en contacto con la gente. Me sentía paranoico, alguien me podría descubrir y señalarme con el dedo. En aquel sector me esperaba la gente que se hiciera llamar importante, gente que deseaba comulgar antes que el resto de los demás porque es así es como están acostumbrados a vivir dentro de la sociedad. Hay gente que nació con esos privilegios y trata de imponerlos como sea en los distintos ámbitos de la vida. Y la religión no escapaba de ello. Además no podía afrentarlos demasiado por su forma de ser porque, de lo contrario, disminuirían las donaciones a la Iglesia, así que el silencio y mi condescendencia para con ellos era la mejor solución que veía a mano.
Repartí las últimas hostias a un par de ancianos que los llevan en silla de ruedas todos los domingos. Por ellos solamente hice el esfuerzo de moverme un poco, pero de inmediato me escondí detrás del altar mientras la gente seguía cantando. Fue en ese momento que la curiosidad me terminó de matar y decidí ver qué era lo que decía el papel amarillo que me había entregado el Sacristán hace un rato. Realmente no podía saber el por qué de tanto misterio. Tomé el papel de entremedio del misal y lo abrí con ambas manos mientras me enfilaba a tomar asiento en la silla que estaba detrás de mí. No lo podía creer. ¡Qué carajo había sucedido! Sentía que me desvanecía al instante. Tenía muchas ganas de vomitar y mis huesos pesaban casi el triple de lo que estaba acostumbrado no dejaban moverme, mientras mi rostro se desarmaba de a poco al ver cómo la gente se sorprendía de la condición que repentinamente había tomado. Los diáconos al verme se asustaron y me sujetaron de los brazos mientras me acomodaban en la silla. Podía ver a la gente ponerse de pie y murmurar acerca de mi estado.
- Padre... ¿Se encuentra bien?-me dijo uno mientras movía uno de sus dedos frente a mí para que lo siguiera con la vista.
- Si, no te preocupes, estoy bien.
- ¿Puede concluir la misa?-me dijo el Sacristán que se asomó de pronto.
- Por supuesto. Si no es nada grave. Además sólo queda la oración final, nada más.
- ¿Está seguro, Padre?-insistió.
- En serio, no me mires así. Si viejo no estoy, así que puedo hacerlo. No se preocupen.
Me reincorporé. Tan sólo les hice unas pequeñas señas al resto de la concurrencia para que supieran que estaba bien y continúe con la misa. No recuerdo que fue lo que venía pero dije unas palabras que, una vez que terminé de decirlas, repentinamente, todos comenzaron a aplaudir. Dí por finalizada la misa y mucha gente se me trató de acercar para saber qué me había ocurrido, pero antes de eso le había hecho una seña al Sacristán para que se acercara.
- ¿Qué sucede, Padre?-me dijo extrañado.
- Vaya adentro y dígale al Obispo que me espere unos minutos. Saldré a despedir a la gente y vuelvo.
- ¿El Obispo? ¿Y qué hace acá? ¿Pero si usted nunca despide a la gente en la calle? ¿Por qué lo hará hoy?
- ¿Diego, le dirás eso al Obispo?
- …Pero Padre…
- ¿Lo harás?-repliqué.
- Esta bien, lo haré.
- Muchas gracias.
Le dí un fuerte apretón de manos y me dirigí a la puerta de la Iglesia.
- Padre, ¿Qué le sucedió?- me interrogaba un grupo.
- Nada, estoy bien. No se preocupen… Salgamos a la calle, que deseo despedir a mis feligreses como siempre debí hacerlo.
Me sentía extraño haciendo esto, pero no era una mala sensación. Al contrario, se sentía muy bien, respiraba tranquilo. Tenía el presentimiento de que a lo mejor nunca más recorrería estos lugares, nunca más vería a estas personas, nunca más escucharía sus lamentos y plegarias. Creo que esto me motivo a salir y respirar el aire fresco que afuera existía. Una rara sensación de pertenencia. Tantos años aquí y nunca había reparado en ello, en la delicada brisa que recorría el lugar, el bello parque que había al frente de la Iglesia, de la gente compartiendo alrededor, jugando con sus mascotas, en fin, tantas cosas. Miraba todo como si recién hubiese llegado a este lugar, cómo si todo me pareciera nuevo o cambiado al menos. Saludaba a quién me lo solicitara, de la mayoría desconocía sus nombres, pero en ese momento deseaba saberlos para recordarlos, tener algo de qué aferrarme. Nostalgia.
- Padre… ¿Qué día lo puedo venir a visitar?-me dijo la señora Mercedes, quién siempre se venía a confesar una vez por semana y me traía un queque de chocolate para que acompañara la once o el desayuno.
No sabía que responderle. Pensaba y nada salía de mi boca. Reparé en sus ásperas y manchadas manos, su delicado cabello cano azulado y la delgada piel que le colgaba del cuello. Cuántas tardes había pasado con esta señora y recién descubría detalles de su figura.
- Venga cuándo quiera, señora Mercedes. ¡Con mucho gusto la recibiré!
- Muy amable Padrecito. Nos vemos-me dijo mientras me hacía una reverencia y un pequeño movimiento con la mano a modo de despedida.
Miré hacia el interior de la Iglesia y no se veía ni un alma. Era momento de hacerme cargo de lo que había tratado de evitar por años. Me volví a sentir mal, el corazón latía más fuerte que lo normal, creí por un instante que se escaparía de mi cuerpo, puesto que la presión que ejercía era demasiado intensa. Dirigí mis pasos hasta el altar, me arrodillé, me persigné y caminé hasta la puerta que daba al sector de la sacristía y a mi oficina personal. Entré y vi a Diego, el Sacristán, sentado en la sala de espera mirando al suelo con las manos sobre la cabeza. Al oír mis pasos se giró su cabeza hacia mí.
- ¿Qué pasa, Diego? ¿Por qué estás así? ¿Le dijiste lo que te pedí al Obispo?
- No sé que me pasa, Padre, pero me siento que algo malo irá a suceder. Y si, le dije al Obispo que lo esperara, pero no le hizo mucha gracia.
- Bueno, tú de eso no te preocupes, yo lo arreglo.
- Eso espero, Padre-me dijo Diego con la mirada nuevamente perdida.
- Ahora, con tu permiso, me voy a ver al Obispo-le dije mientras le tomaba la cabeza y salía con destino al mi propia oficina.
Golpeé. Abrí. Ahí estaba mi oficina, igual que siempre. Muchos libros, mucho papel acumulado por los estantes, tazas de café repartidas en los muebles y una foto de mis padres sobre el escritorio en el cual se encontraba el Obispo, que esperaba sentado en la que era mi silla.
Se levantó y me extendió la mano.
- Buenas tardes, Padre-me dijo seriamente.
- Buenas... ¿Cómo está, usted?
- Muy bien.
- Bueno, usted dirá… ¿A qué se debe su presencia?
- No es que desee ser indiscreto ni impertinente, pero pensé que usted me daría esa respuesta.
- No sé de qué está hablando…
- Yo creo que si-replicó sin pelos en la lengua el Obispo, que cada vez se veía más rígido en sus comentarios y en su postura corporal-Aunque no viene al caso comentarlo en este momento, si así lo desea.
- Como usted diga.
-Mi deber es que se cumpla una orden que he recibido y que ésta se cumpla sin mayor preámbulo, pero antes debo contarle de todas formas lo que se trata. Hemos recibido de muy buena fuente una denuncia acerca de conductas inapropiadas, por llamarlas de alguna manera, por su parte. No es preciso que comentemos las razones exactas ni cuales son estas conductas. Lo único que debo señalarle es que será trasladado a otra diócesis por unos días y posteriormente será enviado a otro país…
- ¿Pero cómo? Yo no tengo pasaporte…-dije, sólo por decir algo.
- Déjeme terminar, por favor. Esta es una decisión muy difícil la que se ha tomado y se debe llevar a cabo antes de que tal denuncia se haga pública. Usted ya debe saber que los medios de comunicación se encargan de repartir rápidamente este tipo de situaciones y eso precisamente lo que se desea evitar en esta ocasión. No queremos que nos sigan señalando día a día con el dedo por culpa de lo que se diga en la opinión pública, usted me entiende. Eso no es bueno ni para usted ni para nuestra Iglesia. Lo que hará apenas concluya esta conversación es tomar sus cosas, lo esencial solamente, y se subirá al auto que nos espera afuera. ¿Le queda claro?-concluyó el Obispo como si fuera necesario que emitiera yo palabra alguna.
- Si-dije mientras me largaba a llorar.
- Padre Julián, por favor, entienda que esto es por su bien y el bien de la Iglesia que lo ordena. No me complique las cosas.
- No se preocupe, no lo haré-dije limpiando mi cara con un pañuelo que saqué de uno de mis bolsillos-Haré todo tal cual me lo dijo, no se preocupe.
Guardé el pañuelo y enfilé hacia la puerta para llevar a cabo la orden que me estaban dando a nombre de la Iglesia. Dí dos pasos cuando me interrumpió el Obispo.
- Padre Julián… espere. ¿Puedo preguntarle algo, si no le molesta?
- Claro, ya me queda nada más que ocultar.
- ¿Por qué lo hizo?
- Porque no tuve este día ni esta conversación antes.
Dí media vuelta y desaparecí para siempre de ese lugar.
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