martes, 6 de septiembre de 2011

LA VIDA ES MUY CORTA PARA BAILAR CON UNA GORDA (CUENTO)

Bailamos, dije, susurrándole al oído de alguna manera que a Colomba le pareciera excitante. Desde luego que no lo fue tanto pero acepto de todas maneras mi propuesta.


El baile no era algo en lo que destacara, es más, creo que era una de las cosas que peor hacía, sin embargo, lo deseaba. Deseaba bailar con Colomba. Creo que nunca lo había hecho. Y es que hacer cosas que se tienen a la mano, al alcance, resultan de lo más comunes y ordinarias que uno por lo general las deja pasar, sin importar si algún día las llegaras a desear con todas tus fuerzas. Hasta que llega el día.


Y ese día había llegado intempestivamente.


La tomé de la mano. Tenía los dedos húmedos y cada una de las falanges rígidas, sin movimiento alguno. Nunca creí que la sentiría así, tan fría, tan distante. Sin duda era una señal. Debía alejarme, quizás ordenar mi maleta y salir de ahí. Pero lo cierto es que muchas veces no hago lo que debiese hacer. Decidí bloquear esa señal que sus manos se encargaban de entregar. Así que procedí a relajarme para que ella también lo hiciera. Al menos si este iba a ser nuestro único y último baile debía de ser perfecto.


En el ambiente sonaba “True Blue” de los Dirty Beaches, un grupo que le gustaba mucho a Colomba. Cada vez que oíamos esa canción le decía que me recordaba a Mía Wallace, el personaje de Uma Thurman en Pulp Fiction, y ella se reía, me decía que estaba loco, que no tenía nada que ver una cosa con la otra, que mi fascinación por Tarantino me tenía cegado. Luego me tomaba del rostro y me daba un beso.


Ella reía y me besaba. Eran otros tiempos.


Sentía ganas de decirle algo, escupir una mísera palabra o una silaba al menos. Pero mi inquieta cabeza nada era capaz de ordenar, así que continuamos en silencio. Le solté una mano y puse una de las mías en su cintura, tal como lo hacía la gente al bailar. Me acercaba lentamente, casi seduciéndola pero sin hacerlo. Sabía que aquello era imposible. Al tocar su cintura descubrí que se encontraba algo más gorda que hace un año atrás pero igualmente continuaba siendo una mujer atractiva. Creo que nadie pudiese entender como yo no era capaz de darme cuenta de esos detalles si era yo quién dormía a su lado todas las noches. Pero esa era la palabra correcta: dormía. Nada más.


Avancé lentamente mi mano por su espalda, la deslicé como en aquellos años en que hacíamos el amor delicada pero no por eso menos apasionadamente. Tras la blusa podía sentir ese lunar que tenía en su espalda que tanto me gustaba. Me detuve unos segundos en ese lugar pero decidí seguir el recorrido hasta dar a una de sus nalgas. Era como explorar algo nuevo. Sentía el calor de su cuerpo, algo ya olvidado a estas alturas, que de a poco la dominaba, dejándose llevar por el delicado ritmo de la música. Apoyó su cabeza en mi pecho. Era una buena señal. De repente sentí su fría y a la vez húmeda mano recorrer mi espalda, casi rozándola con alguno de sus dedos. Fue ahí que resolví hacer algo para cambiar las cosas, aunque fuera un último intento por enmendar el rumbo que habíamos perdido, aunque aquel intento subsistiera lo que durara el beso que me prometí darle. La tomé con ambas manos por el rostro, la miré fijamente. Fue tan triste recordar todo el tiempo en que olvidé esa hermosa mirada que me tapé los ojos con mis manos para no continuar torturándome. Sentía ganas de llorar desconsoladamente aunque sabía que era imposible que derramara alguna lágrima delante de Colomba. Y no por machista sino porque sabía que no saldría ninguna. Así de simple.


Fue en ese momento que ocurrió lo inesperado. Inesperado, al menos para mí.


Abrí mis ojos y la vi más triste que nunca, como nunca la había visto. Y es que se notaba en su rostro el paso de los malos tiempos a mi lado. Se hallaba al lado de la puerta que conectaba el living con la cocina. Estaba de pie, incólume y triste. En sus ojos veía odio hacia mí por mi incapacidad de darle la felicidad que nos prometimos al momento de embarcarnos en esta relación. Derramó una lágrima. Sólo una y salió de la habitación.


Era demasiado tarde, no había nada que hacer. Debía dar vuelta la página. Creo que mi amigo tenía razón: la vida es muy corta para bailar con una gorda.



martes, 17 de mayo de 2011

PREGUNTAS Y RESPUESTAS (CUENTO)

Hay preguntas que se detestan por sí solas.


- ¿Me amas?-preguntó Magdalena a lo lejos.


Y de verdad que no supe qué responderle. Y de la impresión casi se me cae la taza que estaba lavando. Esto no tiene nada que ver con lo que realmente sienta por ella. Lo que sucede es que, al contestar este tipo de preguntas tan definitivas, nunca la otra persona queda del todo satisfecha con la respuesta. Podría pintarle el mejor cuadro del mundo para expresárselo, podría cantarle mil serenatas, dedicarle la más bella melodía jamás escuchada o simplemente podría tener un minuto de inspiración en que se funda lo que siente mi corazón y lo que dicta mi cerebro (para que la respuesta tampoco escape de lo tangente de este mundo) y expresarle con una delicada oración todo lo que siento por ella. Pero aún así, con semejante mamonería barata, es posible que a ella no le queden del todo claros mis sentimientos o que ponga en duda la verdad de éstos.


Lo más incómodo es que este tipo de preguntas es que aparecen en momentos en que la respuesta se hace imperativa y debe ser resuelta de manera casi instantánea porque de lo contrario significaría que estas pensando mucho la respuesta, lo que en términos simples se deduce a una mentira. O al menos eso es lo que suele la gente creer.


Así que ahí me quedé, pensativo, con la taza en la mano y sin una respuesta rápida y convincente que otorgarle a la mujer con la que había compartido alrededor de doscientas noches de cálida compañía. Lo que más me preocupaba, más que la maldita respuesta, era la reacción que tendría Magdalena al enterarse de la respuesta. Hace varios días que se sentía con un poco de angustia sobre el futuro de nuestra relación producto de que en el trabajo le habían dicho, hace una semana más o menos, de que se iría trasladada a Barcelona por dos años. Dos eternos años, como ella los describió en el momento en que me lo contó. Momento en el que no abundaba mucha felicidad en su rostro y en el cual parecía haber olvidado todo lo que había luchado para conseguir tal oportunidad laboral. Y es que estas cosas pasan. Todos, en algún momento de nuestra vida, solemos darle mayor importancia a la parte profesional que a la personal, pero no tienes conciencia del problema enorme que debes enfrentar cuando, sin quererlo, cambiaste de opinión y tales cosas dejan de tener la importancia que pensabas que tenían. Era en esta parte de su vida en la que se encontraba Magdalena.


Mi pobre Magdalena.


Ahora ella se encontraba en la pieza ordenando la cama. Algo para nada emocionante o que active profundamente la cosa emocional, algo que te evoque a realizar este tipo de preguntas. Quizá la fotografía nuestra, que nos sacamos en una tarde de sol en Frutillar, que está tendida sobre el escritorio junto a mi máquina de escribir, la hizo volver en sí misma y remover sus recuerdos y establecer en su mente aquella sensación de pertenencia que siempre me demostraba cada cierto tiempo. Y es que ella solía ponerse muy cariñosa en circunstancias que no lo ameritaban, pero aún así teniendo en cuenta esto no pude dejar de sorprenderme con su pregunta. De cierta manera me estaba preparando para este momento, pero al final nunca se está muy dispuesto para las cosas importantes de la vida.


De repente sentí que sus pasos se volvían hacia la cocina en búsqueda de la ansiada respuesta que le daría posiblemente otro sentido a su vida, y a la mía también. Tal vez. Lo único que no deseaba era hacerla cambiar de opinión, que fuera ella quién decidiera su futuro. Me sentía como el verdugo del resto de sus días y eso no lo podía soportar. No me nacían palabras una vez que la tuve de frente a mí.


- ¿Martín? ¿Me oíste?-me dijo, acercándose.


- No… ¿Qué me dijiste?-contesté mientras continuaba lavando la loza.


Hay respuestas que se detestan por sí solas.




martes, 22 de marzo de 2011

PADRE NUESTRO (Cuento)

Tomé el cáliz y una hostia mientras miraba a la multitud que se había congregado. No había reparado en ello hasta este momento. ¡Cuánta gente, Dios mío! ¡Cuántas almas esperando tu redención! Y aquí todos frente a mí. ¡Qué pena me daban! Los observaba con atención mientras decía las palabras necesarias para bendecir el vino y el pan y convertirlos en la sangre y cuerpo de nuestro señor Jesucristo. ¡Pecadores! Eso es lo que son, me dije a mi mismo. Ninguno se salvaba. Y es que eso de ser sacerdote te hace conocer íntimamente cómo piensan y se desarrollan cada uno de estos seres que vienen cada domingo, porque no vienen más seguido que eso, a menos que se trate de personas que se encuentren más cerca de la muerte, como los ancianos, a golpearse el pecho en búsqueda de consejos y salvación. Cada uno tiene sus heridas y pecados. Cada uno muestra caretas que ocultan sus miedos y angustias. Y es que la gente siempre sabe como esconder sus emociones y sus reales intenciones. Siempre he creído que eso es uno de los talentos más peligrosos que nos ha dado Dios y el que hemos sabido explotar maravillosamente si la ocasión lo amerita. Pero siempre hay alguna vez en que esto nos falla. No resulta.

Tomé con ambas manos una de las hostias y dije.

- Tomad y comed todos de él porque éste es mi cuerpo que será entregado por vosotros…

Luego tomé el cáliz y proseguí.

- … Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.

Luego sonó el talán de una pequeña campanita dorada.

- Este es el sacramento de nuestra fe.

Mi mente estaba dispersa. Recuerdo que de la nada saltamos a la oración del “Padre Nuestro” y no me di ni cuenta cuando ya estaba toda la gente cantando “El Cordero de Dios”. Hay partes que sinceramente detesto de la liturgia, pero la parte del “Cordero de Dios” me parece que es algo que nadie entiende en su real magnitud y que está de más en ella. Como que la gente la sigue sin buscarle sentido, repitiendo como loros.

Mi vida hoy en día estaba más compleja de lo que podía pensar en años anteriores, cuando pensaba ingresar al seminario. Esta opción era para mí una salida a las múltiples cosas con las que no podía convivir como, por ejemplo, el trabajo, las miserables rutinas a la que sometemos nuestras vidas, los costos de vivir en una sociedad consumista, pero sobretodo detestaba todo lo referido a las relaciones de pareja. Me parecían absurdas. Ese cuento de la fidelidad me apestaba de veras. Y lo peor vino una vez que ya me había hecho sacerdote. Cada día, en cada confesión, debía escuchar al menos dos personas que se sentían infieles, ya sea por palabras, obra u omisión. Esta última me parecía aberrante. La omisión, para mí al menos, es la peor forma de pecar que puede ser llevada a cabo. Y estas pobres almas que buscan desconsoladamente un desahogo ya que viven con esas cargas de pecado como si nada, me parecen aberrantes. Creen que con pasar una hora sentado dentro de una iglesia o dedicando toda su vida a Dios sus males les serán perdonados. No tienen la más remota idea de lo que es Dios y el regalo que él ha hecho de ellos. Y era por eso que me odiaba tanto el día de hoy.

- Deséense fraternalmente el saludo de la paz…

Era el momento de otorgarse la paz. Este es el momento que más valoro, ya que es el instante en que todas nuestras rencillas quedan de lado para dar paso aunque sea por algunos minutos a la mejor cara de los seres humanos. Todos estrechándose las manos, dándose abrazos en señal de paz y afecto. Vi al sacristán que se acercaba delicadamente hasta el sitio en que me encontraba, me tomó la mano, la estrechamos y en ella traía un pequeño papel amarillo doblado en delicados pliegues.

- Qué la paz de Nuestro Señor esté con usted, Padre- me dijo.

- Igualmente, hijo- Contesté, mirándolo extrañado por la presencia de aquel papel.

Lo tomé y lo dejé entre el misal que tenía sobre el altar. Saludé a algunos de los feligreses que habían venido este domingo, los que se encontraban más cerca, principalmente, para no generar mayor desorden. Varios deseaban ser más cariñosos conmigo, sobretodo un grupo de mujeres a las que había ayudado con un problema que tenían en su sede social. Nada del otro mundo, pero se sentían agradecidas de mis gestiones. En fin, trate de no ser muy irrespetuoso ni tan cercano. Temía que descubrieran el estado en el que me encontraba. Un estado que a un sacerdote no se le perdonaría jamás.

Me sentía un poco cansado así que me acomodé rápidamente detrás del altar. Debía preparar el rito de la comunión. Eran pocas las fuerzas que tenía y mi odio interno era cada vez mayor. Deseaba no haber oficiado la misa el día de hoy, pero con la gente no se debe jugar y menos con su fe aunque algo de eso ya había hecho. Era sin duda la razón de todo lo sucedido. Los católicos no me entenderían, pensaba ilusamente, pero tampoco encontraría apoyo o ayuda en la otra vereda.

- Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.

Bebí un poco de vino con agua y comí un pequeño trozo de la hostia, los cuales compartí con los demás diáconos presentes. Luego cada uno de ellos se desplazó a uno de los costados de la Iglesia mientras yo me fui al sector de siempre, al centro. A ellos les repartí la mayor parte de las hostias ya que no deseaba estar mucho tiempo en contacto con la gente. Me sentía paranoico, alguien me podría descubrir y señalarme con el dedo. En aquel sector me esperaba la gente que se hiciera llamar importante, gente que deseaba comulgar antes que el resto de los demás porque es así es como están acostumbrados a vivir dentro de la sociedad. Hay gente que nació con esos privilegios y trata de imponerlos como sea en los distintos ámbitos de la vida. Y la religión no escapaba de ello. Además no podía afrentarlos demasiado por su forma de ser porque, de lo contrario, disminuirían las donaciones a la Iglesia, así que el silencio y mi condescendencia para con ellos era la mejor solución que veía a mano.

Repartí las últimas hostias a un par de ancianos que los llevan en silla de ruedas todos los domingos. Por ellos solamente hice el esfuerzo de moverme un poco, pero de inmediato me escondí detrás del altar mientras la gente seguía cantando. Fue en ese momento que la curiosidad me terminó de matar y decidí ver qué era lo que decía el papel amarillo que me había entregado el Sacristán hace un rato. Realmente no podía saber el por qué de tanto misterio. Tomé el papel de entremedio del misal y lo abrí con ambas manos mientras me enfilaba a tomar asiento en la silla que estaba detrás de mí. No lo podía creer. ¡Qué carajo había sucedido! Sentía que me desvanecía al instante. Tenía muchas ganas de vomitar y mis huesos pesaban casi el triple de lo que estaba acostumbrado no dejaban moverme, mientras mi rostro se desarmaba de a poco al ver cómo la gente se sorprendía de la condición que repentinamente había tomado. Los diáconos al verme se asustaron y me sujetaron de los brazos mientras me acomodaban en la silla. Podía ver a la gente ponerse de pie y murmurar acerca de mi estado.

- Padre... ¿Se encuentra bien?-me dijo uno mientras movía uno de sus dedos frente a mí para que lo siguiera con la vista.

- Si, no te preocupes, estoy bien.

- ¿Puede concluir la misa?-me dijo el Sacristán que se asomó de pronto.

- Por supuesto. Si no es nada grave. Además sólo queda la oración final, nada más.

- ¿Está seguro, Padre?-insistió.

- En serio, no me mires así. Si viejo no estoy, así que puedo hacerlo. No se preocupen.

Me reincorporé. Tan sólo les hice unas pequeñas señas al resto de la concurrencia para que supieran que estaba bien y continúe con la misa. No recuerdo que fue lo que venía pero dije unas palabras que, una vez que terminé de decirlas, repentinamente, todos comenzaron a aplaudir. Dí por finalizada la misa y mucha gente se me trató de acercar para saber qué me había ocurrido, pero antes de eso le había hecho una seña al Sacristán para que se acercara.

- ¿Qué sucede, Padre?-me dijo extrañado.

- Vaya adentro y dígale al Obispo que me espere unos minutos. Saldré a despedir a la gente y vuelvo.

- ¿El Obispo? ¿Y qué hace acá? ¿Pero si usted nunca despide a la gente en la calle? ¿Por qué lo hará hoy?

- ¿Diego, le dirás eso al Obispo?

- …Pero Padre…

- ¿Lo harás?-repliqué.

- Esta bien, lo haré.

- Muchas gracias.

Le dí un fuerte apretón de manos y me dirigí a la puerta de la Iglesia.

- Padre, ¿Qué le sucedió?- me interrogaba un grupo.

- Nada, estoy bien. No se preocupen… Salgamos a la calle, que deseo despedir a mis feligreses como siempre debí hacerlo.

Me sentía extraño haciendo esto, pero no era una mala sensación. Al contrario, se sentía muy bien, respiraba tranquilo. Tenía el presentimiento de que a lo mejor nunca más recorrería estos lugares, nunca más vería a estas personas, nunca más escucharía sus lamentos y plegarias. Creo que esto me motivo a salir y respirar el aire fresco que afuera existía. Una rara sensación de pertenencia. Tantos años aquí y nunca había reparado en ello, en la delicada brisa que recorría el lugar, el bello parque que había al frente de la Iglesia, de la gente compartiendo alrededor, jugando con sus mascotas, en fin, tantas cosas. Miraba todo como si recién hubiese llegado a este lugar, cómo si todo me pareciera nuevo o cambiado al menos. Saludaba a quién me lo solicitara, de la mayoría desconocía sus nombres, pero en ese momento deseaba saberlos para recordarlos, tener algo de qué aferrarme. Nostalgia.

- Padre… ¿Qué día lo puedo venir a visitar?-me dijo la señora Mercedes, quién siempre se venía a confesar una vez por semana y me traía un queque de chocolate para que acompañara la once o el desayuno.

No sabía que responderle. Pensaba y nada salía de mi boca. Reparé en sus ásperas y manchadas manos, su delicado cabello cano azulado y la delgada piel que le colgaba del cuello. Cuántas tardes había pasado con esta señora y recién descubría detalles de su figura.

- Venga cuándo quiera, señora Mercedes. ¡Con mucho gusto la recibiré!

- Muy amable Padrecito. Nos vemos-me dijo mientras me hacía una reverencia y un pequeño movimiento con la mano a modo de despedida.

Miré hacia el interior de la Iglesia y no se veía ni un alma. Era momento de hacerme cargo de lo que había tratado de evitar por años. Me volví a sentir mal, el corazón latía más fuerte que lo normal, creí por un instante que se escaparía de mi cuerpo, puesto que la presión que ejercía era demasiado intensa. Dirigí mis pasos hasta el altar, me arrodillé, me persigné y caminé hasta la puerta que daba al sector de la sacristía y a mi oficina personal. Entré y vi a Diego, el Sacristán, sentado en la sala de espera mirando al suelo con las manos sobre la cabeza. Al oír mis pasos se giró su cabeza hacia mí.

- ¿Qué pasa, Diego? ¿Por qué estás así? ¿Le dijiste lo que te pedí al Obispo?

- No sé que me pasa, Padre, pero me siento que algo malo irá a suceder. Y si, le dije al Obispo que lo esperara, pero no le hizo mucha gracia.

- Bueno, tú de eso no te preocupes, yo lo arreglo.

- Eso espero, Padre-me dijo Diego con la mirada nuevamente perdida.

- Ahora, con tu permiso, me voy a ver al Obispo-le dije mientras le tomaba la cabeza y salía con destino al mi propia oficina.

Golpeé. Abrí. Ahí estaba mi oficina, igual que siempre. Muchos libros, mucho papel acumulado por los estantes, tazas de café repartidas en los muebles y una foto de mis padres sobre el escritorio en el cual se encontraba el Obispo, que esperaba sentado en la que era mi silla.

Se levantó y me extendió la mano.

- Buenas tardes, Padre-me dijo seriamente.

- Buenas... ¿Cómo está, usted?

- Muy bien.

- Bueno, usted dirá… ¿A qué se debe su presencia?

- No es que desee ser indiscreto ni impertinente, pero pensé que usted me daría esa respuesta.

- No sé de qué está hablando…

- Yo creo que si-replicó sin pelos en la lengua el Obispo, que cada vez se veía más rígido en sus comentarios y en su postura corporal-Aunque no viene al caso comentarlo en este momento, si así lo desea.

- Como usted diga.

-Mi deber es que se cumpla una orden que he recibido y que ésta se cumpla sin mayor preámbulo, pero antes debo contarle de todas formas lo que se trata. Hemos recibido de muy buena fuente una denuncia acerca de conductas inapropiadas, por llamarlas de alguna manera, por su parte. No es preciso que comentemos las razones exactas ni cuales son estas conductas. Lo único que debo señalarle es que será trasladado a otra diócesis por unos días y posteriormente será enviado a otro país…

- ¿Pero cómo? Yo no tengo pasaporte…-dije, sólo por decir algo.

- Déjeme terminar, por favor. Esta es una decisión muy difícil la que se ha tomado y se debe llevar a cabo antes de que tal denuncia se haga pública. Usted ya debe saber que los medios de comunicación se encargan de repartir rápidamente este tipo de situaciones y eso precisamente lo que se desea evitar en esta ocasión. No queremos que nos sigan señalando día a día con el dedo por culpa de lo que se diga en la opinión pública, usted me entiende. Eso no es bueno ni para usted ni para nuestra Iglesia. Lo que hará apenas concluya esta conversación es tomar sus cosas, lo esencial solamente, y se subirá al auto que nos espera afuera. ¿Le queda claro?-concluyó el Obispo como si fuera necesario que emitiera yo palabra alguna.

- Si-dije mientras me largaba a llorar.

- Padre Julián, por favor, entienda que esto es por su bien y el bien de la Iglesia que lo ordena. No me complique las cosas.

- No se preocupe, no lo haré-dije limpiando mi cara con un pañuelo que saqué de uno de mis bolsillos-Haré todo tal cual me lo dijo, no se preocupe.

Guardé el pañuelo y enfilé hacia la puerta para llevar a cabo la orden que me estaban dando a nombre de la Iglesia. Dí dos pasos cuando me interrumpió el Obispo.

- Padre Julián… espere. ¿Puedo preguntarle algo, si no le molesta?

- Claro, ya me queda nada más que ocultar.

- ¿Por qué lo hizo?

- Porque no tuve este día ni esta conversación antes.

Dí media vuelta y desaparecí para siempre de ese lugar.