viernes, 18 de mayo de 2012

TODO EL MUNDO MIENTE (CUENTO)


 Me despierto a eso de las 11 de la mañana de un día cualquiera. Me da flojera hasta lavarme los dientes, los que cada día están más amarillos por culpa de los cigarrillos que ingiero con frecuencia. Enciendo mi notebook y reviso facebook, los diarios por internet y busco alguna serie que me entretenga un momento hasta que me dé la hora de ir a almorzar. Así más o menos transcurren mis mañanas, mis tardes, mis noches, mi vida, actualmente.

Opto por ver un capitulo de House, la serie del doctor más hijo de puta y con mejores resultados médicos que conozco, en que el muy desgraciado entra con auto y todo a la casa de Cuddy, su -hasta ese momento- cuasi ex novia. Al ver que él hace eso me hace sentir bien. Quizá todos necesitamos meter un auto contra algo alguna vez en la vida para desestresarte y no pensar en tantas cosas que terminan por abrumar tus pensamientos. Me hace sentir reconfortado de alguna manera.

Me levanto y me preparo unos fideos con huevo y unas vienesas. De algo tiene que vivir el hombre, aunque sea de comida con trozos de chatarra. Me llevo el notebook al comedor para seguir viendo la serie mientras como. Hoy no tengo nada que hacer y eso me hace sentir bien y mal al mismo tiempo. Bien, porque puedo descansar y estar en cama todo el día hasta que lleguen mis padres en la noche; y mal porque siento que a veces soy un lastre que ellos ya no debiesen estar cargando, que yo debiese estar trabajando y preparando mi vida para salir de la de ellos. Pero no, tan sólo estoy en casa, sin trabajo, junto a un plato de fideos y a un tipo que aparece en una serie que me hace sentir menos basura de lo que soy, pero que al fin y al cabo no me sirve mucho de consuelo.

Me aterra pensar que alguna vez tenga que meter un auto contra una casa para encontrarle algo de sentido a mi vida.

Sin darme cuenta ya son cerca de las 8 de la noche y comienzan a llegar mis padres a casa. La primera en hacerlo es mi mamá que viene cargada con unas bolsas del supermercado, contenta porque tuvo un buen día en su trabajo. Ella trabaja en una tienda de ropa de una amiga suya en la que venden  mientras parlotean como cotorras todo el día, a cambio de eso ella le entrega algo de dinero, el cual sirvió para pagarnos la universidad a mí y a mi hermano. Más tarde llega mi padre, nos saluda y entra al baño a realizar su ritual intestinal de cada día y luego se ducha. En ese intertanto mi mamá calienta comida para que cenemos a lo que él salga del baño.

Nos sentamos a la mesa. Ya son cerca de las 9 de la noche y mis padres muestran mucho más interés en su plato que yo en el mío porque no han hablado nada y mantienen su boca llena de comida. Es lógico. Una persona que si trabaja o que hace algo durante el día es normal que tenga hambre, en cambio yo, que he estado echado en mi cama todo el día difícilmente tenga ganas de reponer energías si no he gastado ninguna. Como algo casi por hacerles compañía y por esa tradición familiar de comer todos juntos que ya casi nadie mantiene en estos tiempos.

Luego de casi cinco minutos de silencio, mi padre toma un poco de jugo y hace una pausa para hacer la típica pregunta de mierda:

- ¿Y? ¿Has buscando trabajo?

Silencio.

- ¿Has conseguido trabajo?-volvió a insistir mi padre.
- Si.
- Qué bueno...

Tomé la cuchara y me metí un poco de comida a la boca, respiré un poco y decidí hacerme el huevón. Necesitaba un auto con urgencia.



miércoles, 7 de marzo de 2012

DONDE JUGARÁN LOS NIÑOS (CUENTO)

Le quedaban algunas monedas en el bolsillo. Eso no lo esperaba pues creía que había gastado todo en las compras que había hecho en el supermercado hace algunas horas. Fue una pequeña sensación de satisfacción ver esos mil y tantos pesos asomar de su mano derecha, que de inmediato los destinó a cigarrillos. El hombre merece un cigarrillo bien fumado cuando se está jodido, se decía para tomar valor. Y es que había dejado aquel vicio hace unos años atrás, pero ya nada importaba, ni sus pulmones y su sacrificio habían valido la pena.

Salió a la calle mientras abandonaba el espacio encerrado del departamento y observó a lo lejos unos niños jugando con una pelota de fútbol en el parque de enfrente, algo raro en estos tiempos en que los niños se crían con Internet y las consolas de juegos. De pronto se le vino a la mente ese tiempo en que él hacía lo mismo y disfrutaba la compañía de los pocos amigos que tenía. A eso de las nueve de la mañana, todos puntuales, más que para ir al colegio cada mañana, se encontraban él, Diego, Francisco, el "rata",  Juvenal y el "clavito" a patear la pelota de treinta y dos cascos que habían comprado entre todos un verano en que cortaron  el pasto de los vecinos con el fin de comprar aquel balón. Se entraban a almorzar tipo dos de la tarde y una, una hora y media más tarde estaban de nuevo pateando la pelota, jugando al "metegol", al "hoyito-patá", al "25" o simplemente jugaban una "pichanga" a pesar de lo pocos que eran. Nada los detenía, ni los treinta y tantos grados Celsius del enero santiaguino ni los retos de los vecinos a los cuales molestaban con los pelotazos en las rejas. Se entraban a comer y salían a jugar. Ni siquiera soñaban con ser grandes estrellas del balompié, sólo el grito de gol los animaba y la bebida que de vez en cuando apostaban entre ellos, y que debía pagar el equipo perdedor.

Eran otro tiempos, pensaba para sus adentros mientras le daba una profunda bocanada al Lucky Strike que sostenía entre sus magullados dedos, tiempos de alegría y de tierna niñez junto a sus amigos y una pelota. En esos años no conocía aún el tibio calor de un cigarrillo, el refrescante amargor de una cerveza bien helada y lo complejo que sería compartir la vida o un pedazo de ella con una mujer y cómo terminaría aquello. Y es que a la vida de un hombre, por lo general, esas tres cosas llegan de la mano. Ya a los catorce años, con un poco de acné y vello donde antes no había, la pelotita no entretiene como antes y las tetas y el culo de una mujer pasan a ser la obsesión de cada día y la mano derecha, la mejor compañía. Por unos instantes deseaba volver atrás y detenerse en esa etapa tan tranquila que uno suele saltarse de la manera más idiota posible.

El cigarrillo tampoco lo consolaba de la manera que esperaba. Recordó que no existe primer cigarrillo que sepa bien y tosió un poco debido al poco hábito que tenía aspirando el humo. Revivió lo asqueroso que le supo esa primera bocanada de su vida hace años atrás, pero un pelotazo lo despertó de sus evocaciones. Sintió rabia en un minuto, pero pensó en cuanto odiaba a los vecinos que en su tiempo se enojaban por cosas así y se dijo que él no sería el típico adulto que olvida que también fue niño, aunque de eso poco le quedaba. Tocó la pelota con sus pies, como en los viejos tiempos, dominó y la pateó con una fuerza que los niños no esperaban. No pensó en la señora que pasaba a su lado al patear el balón ni en lo lejos que lanzaría éste, sólo sintió que una sensación de relajo se adueñaba de él.

Miró su mano izquierda. La venda ya no era capaz de contener la sangre que fluía de manera contundente por sus heridas. En cualquier momento alguien notaria esto y sería su fin, pensó. Pero poco le importó pues se quedó unos minutos viendo el partido que jugaban los niños, pero éstos a su vez tenían cuidado de no lanzar el balón cerca de ese extraño ser huraño y pensativo que los observaba. Planeaba sus siguientes pasos, los pocos de libertad que le quedaban. ¿Llamaría a su madre? No le pareció sensato preocuparla, de todas formas se enteraría, pensó. ¿Su padre? Con él no se podía contar, debía de estar ebrio en alguna parte de Santiago esperando el partido de Colo-Colo con Huachipato con alguno de sus amigotes. Y fin de la lista. Ya nadie quedaba disponible. Ni sus hermanos, ni sus amigos, tíos, abuelos, nada. Eso es lo que sucede cuando por diversas estupideces alejas a la gente de tu vida.

Sacó otro cigarrillo y lo encendió. Se dio cuenta de lo terrible de su vida. En esos momentos envidiaba a esos niños, deseaba ser ellos con todas sus fuerzas, volver a esa edad y hacer las cosas de una manera diferente, sin tanto daño y rencor. Esperaba de todo corazón que ninguno de ellos siguiera sus pasos al mismo tiempo que su mano izquierda dejaba una enorme mancha escarlata en el maicillo en donde caminaba. Eso le indicaba que ya era hora. Entregarse a su destino sería lo más justo que podría hacer por él y por Mariela. Y así lo hizo.


lunes, 6 de febrero de 2012

SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO (CUENTO)

Los cigarros saben muy bien algunas noches, más aún si no tienes nada mejor que acercar a tu boca en una calurosa noche en que todo el mundo se divierte y tú estás encerrado en una habitación bebiendo para olvidar cosas que ni siquiera recuerdas. Suena depresivo pero es muy interesante estar jodido y no saber por qué.

Lo mejor de todo es encontrarte contigo mismo sin verle la cara a nadie más, aislarte de todo y de todos por un momento. Ya habrá tiempo de pensar, ahora sólo cuenta disfrutar unas cuantas bocanadas de humo y unas cervezas para satisfacer el odio que puedes llegar a sentir contigo mismo.

Así pensaba por la tarde, pero decidí liberar todo lo que me ahogaba. Me di una dicha rápida y salí a buscar un buen bar en donde la presencia de la gente no me incomodara, algo difícil pero que tenía la certeza de lograr. Además, más de alguna mujer desprevenida debería encontrar por ahí para sanar el odio que sentía. Deseaba traspasar eso de alguna manera y tener sexo no era una mala idea para hacerlo. Así que me eché unos condones al bolsillo y salí en búsqueda de al menos la esperanza de una victoria. Sólo eso necesita un hombre para ser feliz. Una puta victoria.

Desperté en el sofá... quiero creer que fue una gran noche...