miércoles, 7 de marzo de 2012

DONDE JUGARÁN LOS NIÑOS (CUENTO)

Le quedaban algunas monedas en el bolsillo. Eso no lo esperaba pues creía que había gastado todo en las compras que había hecho en el supermercado hace algunas horas. Fue una pequeña sensación de satisfacción ver esos mil y tantos pesos asomar de su mano derecha, que de inmediato los destinó a cigarrillos. El hombre merece un cigarrillo bien fumado cuando se está jodido, se decía para tomar valor. Y es que había dejado aquel vicio hace unos años atrás, pero ya nada importaba, ni sus pulmones y su sacrificio habían valido la pena.

Salió a la calle mientras abandonaba el espacio encerrado del departamento y observó a lo lejos unos niños jugando con una pelota de fútbol en el parque de enfrente, algo raro en estos tiempos en que los niños se crían con Internet y las consolas de juegos. De pronto se le vino a la mente ese tiempo en que él hacía lo mismo y disfrutaba la compañía de los pocos amigos que tenía. A eso de las nueve de la mañana, todos puntuales, más que para ir al colegio cada mañana, se encontraban él, Diego, Francisco, el "rata",  Juvenal y el "clavito" a patear la pelota de treinta y dos cascos que habían comprado entre todos un verano en que cortaron  el pasto de los vecinos con el fin de comprar aquel balón. Se entraban a almorzar tipo dos de la tarde y una, una hora y media más tarde estaban de nuevo pateando la pelota, jugando al "metegol", al "hoyito-patá", al "25" o simplemente jugaban una "pichanga" a pesar de lo pocos que eran. Nada los detenía, ni los treinta y tantos grados Celsius del enero santiaguino ni los retos de los vecinos a los cuales molestaban con los pelotazos en las rejas. Se entraban a comer y salían a jugar. Ni siquiera soñaban con ser grandes estrellas del balompié, sólo el grito de gol los animaba y la bebida que de vez en cuando apostaban entre ellos, y que debía pagar el equipo perdedor.

Eran otro tiempos, pensaba para sus adentros mientras le daba una profunda bocanada al Lucky Strike que sostenía entre sus magullados dedos, tiempos de alegría y de tierna niñez junto a sus amigos y una pelota. En esos años no conocía aún el tibio calor de un cigarrillo, el refrescante amargor de una cerveza bien helada y lo complejo que sería compartir la vida o un pedazo de ella con una mujer y cómo terminaría aquello. Y es que a la vida de un hombre, por lo general, esas tres cosas llegan de la mano. Ya a los catorce años, con un poco de acné y vello donde antes no había, la pelotita no entretiene como antes y las tetas y el culo de una mujer pasan a ser la obsesión de cada día y la mano derecha, la mejor compañía. Por unos instantes deseaba volver atrás y detenerse en esa etapa tan tranquila que uno suele saltarse de la manera más idiota posible.

El cigarrillo tampoco lo consolaba de la manera que esperaba. Recordó que no existe primer cigarrillo que sepa bien y tosió un poco debido al poco hábito que tenía aspirando el humo. Revivió lo asqueroso que le supo esa primera bocanada de su vida hace años atrás, pero un pelotazo lo despertó de sus evocaciones. Sintió rabia en un minuto, pero pensó en cuanto odiaba a los vecinos que en su tiempo se enojaban por cosas así y se dijo que él no sería el típico adulto que olvida que también fue niño, aunque de eso poco le quedaba. Tocó la pelota con sus pies, como en los viejos tiempos, dominó y la pateó con una fuerza que los niños no esperaban. No pensó en la señora que pasaba a su lado al patear el balón ni en lo lejos que lanzaría éste, sólo sintió que una sensación de relajo se adueñaba de él.

Miró su mano izquierda. La venda ya no era capaz de contener la sangre que fluía de manera contundente por sus heridas. En cualquier momento alguien notaria esto y sería su fin, pensó. Pero poco le importó pues se quedó unos minutos viendo el partido que jugaban los niños, pero éstos a su vez tenían cuidado de no lanzar el balón cerca de ese extraño ser huraño y pensativo que los observaba. Planeaba sus siguientes pasos, los pocos de libertad que le quedaban. ¿Llamaría a su madre? No le pareció sensato preocuparla, de todas formas se enteraría, pensó. ¿Su padre? Con él no se podía contar, debía de estar ebrio en alguna parte de Santiago esperando el partido de Colo-Colo con Huachipato con alguno de sus amigotes. Y fin de la lista. Ya nadie quedaba disponible. Ni sus hermanos, ni sus amigos, tíos, abuelos, nada. Eso es lo que sucede cuando por diversas estupideces alejas a la gente de tu vida.

Sacó otro cigarrillo y lo encendió. Se dio cuenta de lo terrible de su vida. En esos momentos envidiaba a esos niños, deseaba ser ellos con todas sus fuerzas, volver a esa edad y hacer las cosas de una manera diferente, sin tanto daño y rencor. Esperaba de todo corazón que ninguno de ellos siguiera sus pasos al mismo tiempo que su mano izquierda dejaba una enorme mancha escarlata en el maicillo en donde caminaba. Eso le indicaba que ya era hora. Entregarse a su destino sería lo más justo que podría hacer por él y por Mariela. Y así lo hizo.


2 comentarios:

  1. Los cambios de espacio y tiempo, son muy variados, pero el fin del relato es bueno!!! cariños...

    ResponderEliminar
  2. "El cigarrillo tampoco lo consolaba de la manera que esperaba": Entonces que se fume un buen pito con un par de latas bieeeeennnn heladaasss!! jajaj... (Jp)

    ResponderEliminar

Comentar es gratis... para todo lo demás existe MasterCard!!