Me despierto
a eso de las 11 de la mañana de un día cualquiera. Me da flojera hasta lavarme
los dientes, los que cada día están más amarillos por culpa de los cigarrillos
que ingiero con frecuencia. Enciendo mi notebook y reviso facebook, los diarios
por internet y busco alguna serie que me entretenga un momento hasta que me dé
la hora de ir a almorzar. Así más o menos transcurren mis mañanas, mis tardes,
mis noches, mi vida, actualmente.
Opto por ver un capitulo de House, la
serie del doctor más hijo de puta y con mejores resultados médicos que conozco,
en que el muy desgraciado entra con auto y todo a la casa de Cuddy, su -hasta
ese momento- cuasi ex novia. Al ver que él hace eso me hace sentir bien. Quizá
todos necesitamos meter un auto contra algo alguna vez en la vida para
desestresarte y no pensar en tantas cosas que terminan por abrumar tus
pensamientos. Me hace sentir reconfortado de alguna manera.
Me levanto y me preparo unos fideos con
huevo y unas vienesas. De algo tiene que vivir el hombre, aunque sea de comida
con trozos de chatarra. Me llevo el notebook al comedor para seguir viendo la
serie mientras como. Hoy no tengo nada que hacer y eso me hace sentir bien y
mal al mismo tiempo. Bien, porque puedo descansar y estar en cama todo el día
hasta que lleguen mis padres en la noche; y mal porque siento que a veces soy
un lastre que ellos ya no debiesen estar cargando, que yo debiese estar
trabajando y preparando mi vida para salir de la de ellos. Pero no, tan sólo
estoy en casa, sin trabajo, junto a un plato de fideos y a un tipo que aparece
en una serie que me hace sentir menos basura de lo que soy, pero que al fin y
al cabo no me sirve mucho de consuelo.
Me aterra pensar que alguna vez tenga que
meter un auto contra una casa para encontrarle algo de sentido a mi vida.
Sin darme cuenta ya son cerca de las 8 de
la noche y comienzan a llegar mis padres a casa. La primera en hacerlo es mi
mamá que viene cargada con unas bolsas del supermercado, contenta porque tuvo
un buen día en su trabajo. Ella trabaja en una tienda de ropa de una amiga suya
en la que venden mientras parlotean como cotorras todo el día, a cambio
de eso ella le entrega algo de dinero, el cual sirvió para pagarnos la
universidad a mí y a mi hermano. Más tarde llega mi padre, nos saluda y entra
al baño a realizar su ritual intestinal de cada día y luego se ducha. En ese
intertanto mi mamá calienta comida para que cenemos a lo que él salga del baño.
Nos sentamos a la mesa. Ya son cerca de
las 9 de la noche y mis padres muestran mucho más interés en su plato que yo en
el mío porque no han hablado nada y mantienen su boca llena de comida. Es
lógico. Una persona que si trabaja o que hace algo durante el día es normal que
tenga hambre, en cambio yo, que he estado echado en mi cama todo el día
difícilmente tenga ganas de reponer energías si no he gastado ninguna. Como
algo casi por hacerles compañía y por esa tradición familiar de comer todos
juntos que ya casi nadie mantiene en estos tiempos.
Luego de casi cinco minutos de silencio, mi padre toma un poco de jugo y
hace una pausa para hacer la típica pregunta de mierda:
- ¿Y? ¿Has buscando trabajo?
Silencio.
- ¿Has conseguido trabajo?-volvió a insistir
mi padre.
- Si.
- Qué bueno...
Tomé la cuchara y me metí un poco de comida a la boca, respiré un poco y
decidí hacerme el huevón. Necesitaba un auto con urgencia.
buenísimo!... no se si tanto, en verdad.
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