miércoles, 15 de diciembre de 2010

OTRO DÍA EN EL INFIERNO (Cuento)

Tengo 74 años y aún disfruto la dicha de tener erecciones. Lo acabo de comprobar hoy. Esa maldita pastilla azul, que todos los demás viejos como yo usan para generar mayor torrente sanguíneo en su arrugada cosa, no va conmigo. El gran problema es la maldita soledad que me persigue desde que murió Josefa. Siempre dios se equivoca. Suele darle más al que no tiene necesidad. Mi verga aún funciona, pero le falta un agujero donde reposar, un baboso refugio que durante tanto tiempo nunca le faltó.

Además de esta miserable y hedionda soledad, sufro de diversos males físicos que no creo que se pasen a esta altura de la vida. Desde hace por lo menos tres años que tengo a los riñones como mis peores enemigos. Me envenenan diariamente y me matan lentamente. Tan lento que casi no me doy cuenta si aún sigo vivo. Una úlcera que me tiene desde los 35 años medio jodido. Y para finalizar un maldito principio de diabetes que me debiese tener tomando sacarina y comiendo galletas de agua para no empeorar mi decadente estructura corporal, aunque, sinceramente, no hago nada de eso.

En este momento me encuentro lleno de mangueras. Es día de diálisis. Esta mierda me tiene realmente al borde del colapso. El sólo hecho de pensar que tengo que salir de mi casa a venir a llenarme de mangueras por culpa de los malditos riñones, que ya no funcionan, me tiene cabreado. Lo único que se podría valorar de esta situación son las redondos y perfectos pechos de la enfermera que me perfora con esas cosas, que no sé como se llaman y tampoco me interesa saberlo, que penetran en mis venas como cuchillos. Y sólo sus pechos. Nada más. El resto de sus subproductos femeninos carecen de valor alguno para el mercado masculino. De hecho en este momento siento mi verga cargada de sangre al verlos, todo esto gracias al bendito lápiz que se deslizó por el escritorio hasta llegar al suelo y que permitió que la mujer se agachara y dejara al descubierto esas partes de su maltrecho cuerpo. De hecho, debe ser más o menos hace cuatro años no veía una glándula mamaria de tan cerca lo que produjo que ese miserable pedazo de piel tomara vida tal como lo hacía en otros tiempos. ¡Y vaya que tenía vida!

Hoy es viernes y, por lo que creo, deben ser casi las seis de la tarde y hace un calor de locos. Si parece que viviéramos en el infierno. Y para peor dicen que el fin de semana será igual o peor. Lo único relativamente bueno es que me debe quedar como media hora para poder volver a casa y seguir disfrutando de mi soledad. Odio salir y venir aquí. Tres veces a la semana me toca hacer este ritual de subsistencia que, en términos médicos me debe mejorar, pero que en términos prácticos me cansa y me mata.

Acaba de llegar un enfermero de esos disfrazado de panadero y me informa que todo el show ha terminado. Me puedo ir a casa a continuar con mi pudrición interna. El lunes nos veremos las caras nuevamente y espero, si dios existe, me dé otra muestra de que al menos mi masculinidad aún sigue viva. Espero que el desgraciado se apiade de mí aunque sea por tres segundos.

Mi hijo mayor, Maximiliano, que se llama igual que yo debido a un arranque de originalidad y orgullo, me espera afuera mientras el enfermero me saca en una innecesaria silla de ruedas desde la sala de tortura. Le da las gracias el muy estúpido y nos vamos.

- ¿Cómo te encuentras, papá?

- ¿Cómo crees que estoy si he estado sentado por horas sin hacer nada, con el brazo tieso, lleno de mangueras y sin ninguna entretención cerca?-lo último lo dije sólo para hacerle sentir mal.

- Perdón, no te hablo más.

Había que ser un perfecto imbécil para creer que se puede estar bien en ese lugar, pero no lo culpo, creo que tiene a quién salir. Y no precisamente a su madre.

Salimos del lugar, me subí al auto y nos fuimos a casa. Siendo rigurosos, a mi casa. Él vive, con su penosa y flacuchenta esposa y un pendejo que tengo toda la impresión que no es de él, en otra casa a unas seis cuadras de la mía. Me dejó en la casa y se despidió amablemente mientras yo no lo tomaba mucho en cuenta. Siempre he sido un mal padre. De hecho, en realidad, he sido malo en casi todos los lugares en que me ha puesto la vida. No tengo talento ni fuerzas para muchas de las cosas que ésta requiere, así que constantemente he pensado terminar con ella de una vez, sin tanto viaje ni mangueras de por medio, sino que de manera más directa, enfrentándola, pero me temo que hasta hoy he convivido con la mala suerte. Esta mala suerte me deprime aún más y no consigue librarme de tales inclinaciones suicidas.

Tenía un poco de hambre, así que decidí abrir el refrigerador y buscar algo de comida que me sobró del día anterior. El doctor me dijo el lunes pasado que no debía subir de peso porque me podría traer problemas para dializarme, pero a esta altura ya poco me importa lo que diga un idiota de cotona blanca. He comido un poco de chatarra durante los últimos días y cosas bastante putrefactas que a una persona en mi estado le provocarían mucho daño, pero a mi no. No a alguien que desee la muerte tanto como yo. Me quedaban unas hamburguesas de pollo que guardé en un papel de aluminio y un poco de ravioles con mucha salsa bolognesa que me preparé yo mismo y que me quedaron fantásticos. Saqué la olla con ravioles y la puse sobre la cocina para que se calentaran un poco. Esperé que estuviera lista y me senté a la mesa a comer. Sin duda los ravioles recalentados no quedaron tan bien como si lo estaban el día anterior. Me sabían a carne descompuesta, la pasta estaba dura y ya no tenía ese sabor característico que le daba la hoja de laurel a la salsa que tanto me gusta. Comí sólo los restos más digeribles y el resto se lo fui a dejar al vago de Emeterio. Es un perro que llegó aquí a la casa hace como cuatro años, un día después de la muerte de Josefa. Lo mantengo en casa sólo porque el idiota de mi hijo cree que es su madre convertida en quiltro con garrapatas. En fin, él al menos si agradeció poder saborear la basura de ravioles que me quedaban.

Al volver del patio trasero, opté por planchar unas pocas camisas blancas para tener tareas adelantadas para mañana. Aborrezco que Sofía, la empleada que contrató Maximiliano para que me ayude con las cosas de la casa, lo haga. Las deja con los pliegues mal planchados, a veces me quema los puños y los cuellos los deja mal marcados. La odio. Así que dejo que esté dos horas viendo televisión y lavando un poco de loza y luego le apago el televisor y la echo a escobazos. Está bien, sé que hay normas de urbanidad que debería tener en consideración, pero a esta edad lo único que quiero es que me dejen en paz. Creo que eso no es nada del otro mundo. Además se pone a ver matinales y cosas que a mi me aburren. Otra razón más para echarla de esa manera.

Una vez terminada la tarea de las camisas, fui al mueble que hay al costado derecho del lavaplatos y saqué una botella de whisky escocés que debo tener escondida para que ni Maximiliano ni Sofía la encuentren. La dejo detrás de las botellas de cloro y le pongo la mitad de una de esas botellas por encima a la de whisky, así que nadie la puede ver a simple vista. Es el escondite que más tiempo ha durado. Un día, Sofía, que creo que no sabe ni leer, se puso a hojear unos libros y me descubrió una petaca con aguardiente que tenía camuflada dentro de un “Quijote de la Mancha”, que al ser descubierta cayó al piso y se destrozó derramando todo su contenido. ¡Ven que tengo varias razones para tratarla a escobazos!

Me serví un trago en el primer vaso que encontré y me lo eché de una vez a la garganta. Moría por echarme un trago así. Es uno de los pocos placeres que me van quedando y que puedo disfrutar, aunque sea a escondidas. Tomé la botella y el vaso y me dirigí a mi dormitorio donde tengo empotrada una vieja máquina de escribir en donde me instalo casi todas las noches a escribir un poco sobre la mierda de vida que me tocó vivir y acerca de la miserable muerte que tuvo Josefa. Aún no me deja dormir la culpa de aquello, es por eso que bebo cada noche para tratar de olvidar que esa maldita noche existió.

Tomé una hoja de papel y la inserté en la máquina y comencé a teclear. “La noche estaba en penumbras, no se veía nada y el alcohol que había bebido era poco lo que me ayudaba. Fui al cajón del dormitorio y saqué el revólver que había heredado de mi padre. Tenía una buena mantención, así que era cosa de apuntar y de disparar. Sentía tibios suspiros, o al menos eso creía y sabía que tenía que terminar con ellos. Di dos pasos y me escondí detrás de la puerta del dormitorio. Aún oía movimiento en el living de la casa y trataba de ser cuidadoso de no meter ruido, quería descubrirlos in fraganti. De a poco me comencé a asomar por el pasillo hasta el living. Sostenía el revólver con ambas manos para tener mayor seguridad de lo que estaba haciendo. O al menos eso creía en ese instante. Mis nerviosos jadeos hacían silbar de una manera singular el revólver que apuntaba hacia el techo de la casa. De repente los sentidos se me nublaron, no era capaz de oír nada de lo que sucedía en la habitación contigua, ni de caminar, ni mucho menos tener control de lo que sostenía en mis manos. Tan sólo recuerdo haber visto una enorme luz y la figura de una mujer al final de esa luz y oír un penetrante zumbido. Debí haber permanecido así, impávido, cerca de unos diez minutos. Al recobrar los sentidos me encontré arrodillado junto al cuerpo de una mujer. Sangraba profusamente desde el pecho. Mis manos la sostenían y se impregnaban de ese líquido escarlata que fluía y fluía, sin detenerse. No comprendía qué mierda había sucedido. La mujer tenía la cabeza en dirección a la alfombra, así que trate de voltearla para ver quién diablos era. ¡En qué demonio me había convertido! ¡Cuántas noches de sexo habíamos tenido apasionadamente para que todo terminara así!, pensé. Fue entonces que di un grito desgarrador. Creo que nunca en mi vida había gritado de semejante manera. En ese mismo instante sentía que golpeaban la puerta de la casa. Se oían patadas, golpes de puño, palos, de todo con tal de derribar la puerta. Yo que veía esto no era capaz de mover ni un mísero músculo. Tomé la cabeza de Josefa y la acurruqué en mi pecho. ¡Cuánto amaba a esa mujer y tanto daño le había hecho! ¡So Miserable! ¡Qué has hecho! Los vecinos y demases gritaban desde el otro lado de la puerta hasta que por fin la derribaron y quedaron estupefactos con lo que estaban mirando”.

Tomé otro trago más de whisky. Esta sería una dura noche. Nunca había sido capaz de describir lo sucedido aquella noche y ahora toda la mierda de ese terrible recuerdo queda plasmada en el papel con una facilidad que me aterra. Si alguien llegase a encontrar esa hoja, sería el principio del fin, lo que no sería malo. Creo que siempre he sido un cobarde. Desde aquella noche, desde esa noche en que Josefa dejó de existir, he convivido con la culpa y los deseos de morir y no he sido capaz de hacer nada al respecto. ¡Puto cobarde! ¡Tan sólo te has decidido a hacer de esto un juego del que disfrutas cada mañana! ¡Ese ritual que llevas realizando desde hace cuatro años!

Esa noche hice tres excepciones. En primer lugar, decidí beberme toda la botella de whisky. Era algo que nunca hacía, pero que esa noche necesitaba. Poco me importaba si me encontraban borracho por la mañana, tan sólo deseaba olvidar de alguna manera el aberrante curso que había tomado mi vida. Cómo había llegado a este punto por culpa de los malditos comentarios de los vecinos y del excesivo consumo de alcohol, lo único que continúa intacto desde esa noche en mi vida. El último vaso de whisky me lo terminé de beber en compañía de un cigarrillo que encontré en la cocina y que debe habérsele quedado a Sofía, ya que es ella la única fumadora que pasa algo de tiempo conmigo. Ésta era otra de las excepciones y, aunque me sabía mal, aún así lo terminé. Cómo extrañaba el humo del tabaco en mis pulmones después de tanto tiempo sin tener uno de esos cilindros en mis arrugados labios. Me relajó. Antes de apagar el cigarrillo, saqué la maldita hoja desde un costado de la máquina de escribir en que había redactado mi sentencia, la culpa que me cabía en los hechos de esa fatídica noche en que murió Josefa. La tomé desde una de las esquinas y acercando el cigarrillo a una de ellas, la procedí a quemar. Nunca hacía esto con algo que yo haya escrito, le tengo mucho respeto a las palabras plasmadas en papel, incluso más que a una persona, pero sabía que no debía dejar ninguna evidencia del error que había cometido, ni siquiera para la posteridad, ya que no quería que Maximiliano, mi hijo, cargara con esa mierda nuevamente, una vez que yo muriera. Creo que después de todo tan mal padre no soy.

Una vez que se me acabó el whisky me fui a acostar, sin lavarme los dientes ya que me apesta esa mezcla de sabores tan distintos que te deja la boca como si recién hubieses besado a una puta que fuma cigarrillos mentolados. Traté de pegar los ojos aunque fuera durante unas horas. Miré el reloj. Eran las cinco y cuarto de la mañana. Tenía hasta las ocho para dormir y luego tomar desayuno, hacer mi ritual, ducharme, vestirme y esperar la llegada de Sofía.

Desperté sobresaltado. Dí un salto increíble considerando mi debilitado estado físico. Lo primero que hice fue mirar el reloj. Marcaba las ocho y diez minutos. Alcanzo a realizar mi ritual antes que llegue Sofía, pensé. Temía no haberlo podido llevar a cabo. Tomé asiento sobre la cama. Estaba todo transpirado. Creo que lo de la ola de calor anunciada era en serio. Me dolía un poco la cabeza, aunque no tanto como debería haber sido. Me parecía a resaca de adolescente, de esas que amaneces mejor de cómo te acostaste. Sólo la lengua la sentía un poco pastosa, con mucha saliva. Me levanté a pies descalzos y me dirigí al baño. Cada mañana hacía lo mismo. Me paraba frente al espejo a contemplar los infinitos surcos que el tiempo, las alegrías y las tristezas han dejado en mi rostro durante todos estos años. Mi pelo canoso, con tintes azuloso gracias a un shampoo que Josefa me compraba, se mantenía en su sitio y era dócil aún. Mis ojos estaban cada día más cansados, deseaban no ver más la luz del sol y delataban mis deseos también. De mi nariz y orejas salían algunos vellos rebeldes producto de mi avanzada edad que yo combatía, pretenciosamente, con unas pinzas que le robé un día a Sofía. Los quitaba suavemente ya que tenían el aspecto de estar anclados en lo más profundo de mí ser. Luego de mirarme detenidamente, procedía a derramar pasta de dientes en mi cepillo y meterme todo eso a la boca. De un lado y luego al otro en secuencia de diez, como me había repetido el dentista durante toda mi vida. Luego tomaba un poco de agua y escupía los sobrantes. Dejaba el cepillo en una repisa y salía en búsqueda de la cocina para preparar el desayuno.

De repente, mientras cogía unas tostadas para llevarlas a la mesa del comedor, se me ocurrió una idea. Llevaba años realizando los mismos metódicos pasos y siempre ellos terminaban con el fracaso de mi ritual. A lo mejor es hora de dejar la rutina y hacer las cosas a mi antojo, pensé. Así que decidí hacerlo. Cómo ya había hecho el paso del baño, lo mejor que se me ocurrió fue dejar el paso del desayuno a un lado. Fue así como me dirigí a mi dormitorio y vi la hora. Eran las ocho y media. Perfecto. Sofía no llega hasta dentro de media hora. Avancé lo más rápido que pude hasta el cajón en donde esa noche de la muerte de Josefa saqué el revólver de mi padre, del mismo lugar donde misteriosamente lo encontraría la policía, al día siguiente, sin huellas que delataran mi culpabilidad en su deceso. El mismo revólver con el que practico mi tortuoso ritual de cada mañana.

Ya tenía todo preparado cuando recordé un detalle. Caminé nuevamente al living, al rincón donde estaba un viejo tocadiscos que conservábamos con Josefa. Era de un color plateado brillante, novedoso para los años en que salieron a la venta, en donde solíamos por las tardes escuchar discos de artistas que nos gustaban mientras bebíamos leche con plátano con unas galletas de chocolate que ella misma preparaba. A mi me gustaba mucho más la música contemporánea, en cambio a ella le gustaban los tangos, uno en especial: “Por una cabeza” de Alfredo Le Pera, interpretado por Gardel. Ese le volvía loca, más bien le excitaba y solía ponerse más cariñosa de lo normal. Saltaba sobre mí y hacíamos el amor fogosamente derramando amor y fluidos por toda la casa. Otros tiempos, sin duda. Mejores que los actuales en los que me tengo que conformar con los pechos de una mal hecha enfermera.

Puse el disco de Gardel y comencé a tararear la canción. Siempre me hacía recordarla, no podía contener las lágrimas que brotaban de mis ojos. Ese tango era una de las pocas cosas que me conseguían conectarme a ella y a su recuerdo. Le subí todo el volumen posible, así los vecinos no oirían nada de lo que aquí pudiese suceder.

Sobre la mesa de centro del living se encontraba una pequeña caja metálica, dentro de ella se encontraba una bala, la única bala que he disparado en mi vida. La misma bala con que dí muerte a mi mujer. Estaba envuelta, delicadamente, por un pañuelo blanco, el cual extendí y pude ver el hermoso resplandor del proyectil al ser alcanzado por un rayo de sol. Nunca pude entender porque esa bala la encontré yo tirada sobre la alfombra y nadie más la pudo ver. Policías, detectives, el fiscal, los vecinos, mi hijo. Nadie, excepto yo.

Tomé la bala y mientras caminaba al baño la inserté en uno de los surcos del tambor del revólver. Luego le di dos vueltas y lo cerré. Esto es lo que decidía mi vida o mi muerte cada día. Mi ritual. Una matutina ruleta rusa frente al espejo del baño, que, durante cuatro años, no había conseguido apuntarle la bala al surco correcto. La cerré y cargué mi pulgar sobre el martillo. Apunté a mi sien derecha mientras miraba todo por el espejo del baño. Repasaba nuevamente mi desvencijado rostro pero esta vez con un arma en mi mano, completamente sudado, mientras cantaba una parte del coro.

- …Por una cabeza, si ella me olvida… Qué importa perderme mil veces la vida, para que vivir…

Cerré los ojos y apreté el gatillo. ¡CLANCK!

- ¡Por la puta! -grité.

Decidí darme una segunda oportunidad. Cargué y presioné el gatillo nuevamente. ¡CLANCK!

Me comencé a desesperar. ¡Cómo era esto posible! Miraba al techo queriendo hablar con el dios que siempre había puteado y renegado.

- ¡Mírame, mierda! ¡Mírame! ¡Si! ¡A ti te hablo! ¡Déjame morir, por favor! ¡Ten piedad de mí!

Terminé de decir eso y comencé a llorar de la manera más penosa que lo he hecho en la vida. Sentía demasiada impotencia. ¡Cuánta gente inocente muere a diario y alguien que lo único que desea es eso, no le sucede! ¡Qué injusta es la vida! No podía entenderlo.

Apoyé el revólver sobre el lavamanos y me metí a la ducha. Mañana será otro día, pensé, mañana si lo haré bien, me sacudiré de toda esta mierda. Me desnudé con toda la rabia que sentía, rompiendo la camiseta y mis calzoncillos, lo único con lo que andaba vestido. Sostenía los restos de ropa con una mano mientras que con la otra abría la llave del agua caliente.

- ¡Hijo de puta!- grité- Eso es lo que eres Maximiliano Alberto… ¡Un hijo de puta!

Seguí sollozando mientras lanzaba la ropa húmeda sobre el lavamanos con todas las miserables fuerzas que me quedaban.

Fue en ese instante que el revólver se disparó.



viernes, 23 de julio de 2010

CUATRO MIL TREINTA Y DOS PESOS

Una puta basura. Esto era lo que precisamente una vieja gorda como lobo de mar me había dado por mi trabajo. Que dame más bolsas, que se me van a romper, que voy lejos, que el metro. En definitiva no se qué mierda más me dijo y lo triste es que la historia termina con tres monedas de diez sobre mi mugrienta mano. No puede ser, no lo podía creer. Cargué sus cajas de cerámicas una por una dentro del carro y más encima el cachalote me daba instrucciones como si nunca hubiese metido algo dentro de una bolsa. Estaba a punto de lanzarlas para que ella hiciera los malabares que me estaba pidiendo. Y después que di lo mejor de mi, me da unos miserables treinta pesos. ¡Qué se joda!


La siguiente era otra señora. Iba todo bien, pero se quiso pasar de lista. Me pidió más bolsas. Le dije que no podía darle más, que eran reglas de la empresa. La vieja esbozó a regañadientes que me pudriera.

- No hay monedas entonces, mijito.

Así de sencillo. Ni siquiera movió su estropeado rostro carcomido de arrugas al decirme aquello ¡Puta vieja! Ni que quisiera sus mugrosos pesos, aunque, pensándolo bien, igual los necesito.


Luego se acercó un tipo, que tendría cerca de exitosos treinta años, que se burlaba de lo que decía en una pequeña chapita que se sostenía de mi pechera amarilla.

- Seguro no carreteas con la plata que te da la gente-se dirigió a mí esperando respuesta.

Sólo lo miré. No dije nada. En casi un año he aprendido a tragar saliva y hacer oídos sordos. ¡Qué le importa a él lo que hago con mi dinero! Creo que su jefe tampoco le dice a él qué hacer con el sueldo que le da, de lo contrario no estaría pagando treinta mil pesos en irrisorias doce cuotas. Yo también odio eso de “su propina es mi sueldo”. Cuántas personas piensan que es un absurdo cliché, como el típico “estamos trabajando para usted” cuando en realidad trabajan para ellos, para vender más. Me gustaría que todos supieran que no tenemos sueldo fijo y que nos merecemos al menos un “gracias” de sus desdichados labios al recibir sus productos embolsados.

Me tenía bastante deprimido este día. Recién había llegado y llevaba más malos ratos que dinero en mis bolsillos. En algún momento esto debiese cambiar, pensé. No tardó mucho en suceder. Un caballero medio rechoncho, de mejillas coloradas y un suave hálito alcohólico se dio cuenta de todo lo que había pasado. Me dio un consuelo bastante católico, pero que en ese momento agradecí.

- Perdónalos, porque no saben lo que hacen-me dijo mientras le envolvía unas pilas que llevaba.

Una vez terminada la frase bíblica más oída en las películas de semana santa, extendió su mano izquierda para tomar su pequeña bolsa y dejó caer mil pesos sobre el mesón.

- Para que olvides los malos ratos y te los gastes donde quieras-exclamó mientras me guiñaba un ojo.

Ese día me hice cuatro mil treinta y dos pesos.




miércoles, 2 de junio de 2010

¡QUÉ TE CREES, CARAJO! (CAPÍTULO 9)

Estaba apretado y la revista nada podía hacer para relajarme. Llevaba días así y justo ahora me tenía que suceder algo así. Sin duda, ya comenzaba a pensar en despedirme de una vez por todas del mercado porno. Me han pasado muchos imprevistos desde que vi aquel anuncio y que asistí al supuesto casting. Tanta tontera, pero nada me lo impedirá esta vez.


Ojeo un poco la revista de corte femenino y veo un aviso publicitario de un yogurt que hace que las cosas salgan más rápido del cuerpo. Dice algo que mejora el transito lento de la mujer chilena. ¡Qué soberana estupidez! ¿Y los hombres que no cagamos no existimos? Justo ahora tengo una de esas crisis denominadas “muchas ganas-poco cagas”. Llevaré cerca de una semana sin poder cagar lo cual es terrible. Me siento sumamente inflado por dentro, tapado en mierda como para poder llevar a cabo un decente acto sexual. Luca me espera detrás de esa puerta, que es de un material muy similar al cartón, con sus cámaras y su actriz de turno para que yo haga lo que debía haber hecho hace un tiempo atrás. Pero aquí estoy, más trancado que puerta de película de terror.


Me imagino algo fluido, no sé, cualquier cosa que se deslice y caiga. Nada. Luca ya se comenzaba a impacientar.

- ¡Pendejo de mierda! ¿TE TRAIGO UNA ESCALERA?- gritaba Luca como energúmeno detrás de la puerta como si estuviera lejos y yo no le oyera.

- ¡YA VOY! ¡DÉJAME CAGAR TRANQUILO!-le gritaba yo también a modo de respuesta, impaciente también porque deseaba con toda mi alma echar afuera semejante submarino.

- ¡¿TE LLEVO UNA ESCALERA, HUEVÓN?! ¡¿O UN SERRUCHO?!

- ¡NO ME PRESIONES, LUCA! ¡ASÍ NI UN HUEVÓN CON DIARREA PUEDE CAGAR!

- ¡ESTA BIEN, TE DEJO!...

De repente sentí que no había nadie detrás de la puerta. Comenzaba a ser un baño de verdad y a sentirme a gusto y sin la presión que Luca me imponía por salir pronto de ahí. De pronto comenzó a salir el amigo. Me estaba relajando y salía y salía y salía. Estaba mejor que nunca después de aquella cagada milagrosa.


Tomé algo de papel higiénico y lo doblé en tres y me limpié. En eso comienzo a sentir unos fuertes ruidos que venían desde fuera del baño. Me seguía limpiando cuando de pronto ¡PFFF! ¡BANG! ¡BOW! (Algo así como en Batman de los años noventa) Se partió la puerta en dos. Detrás de ella, de sus dos enormes pedazos, se veía a un tal Fabricio, que también trabajaba de actor en la productora, que fue quién la rompió lanzándose sobre ella.

- ¡Menos mal que estabas listo, pendejo!-Me decía Luca mientras yo les mostraba mi culo al mismo tiempo en que terminaba de subirme los pantalones.

- ¡QUÉ NO ME DEJES HACER MIS NECESIDADES TRANQUILO, LUCA!-dije indignado.

- JAJAJA… Es que estábamos aburridos… Fue idea de la vieja de la recepción. Los reclamos a ella-decía Fabricio- La vieja resultó ser muy creativa y a Luca le gustó la idea de echarte la puerta encima.

- ¡YA! Basta de conversación y vamos a trabajar. Dante, ¿Te limpiaste bien el culo, cierto?-interrumpió Luca.

- Si, ¿Acaso me limpiaras tú con tu lengua si está sucio?-dije aburrido de la situación.

Luca sólo me miró. No dijo nada.


Salió en dirección a una especie de sala acondicionada, supuestamente, en la época en que vivió Rasputín, más o menos a comienzos del 1900. Unos ladrillos gigantes más falsos que las tetas de mi compañera de escena y unos bloques de hielo, que simulaban malamente la Siberia de ese entonces, adornaban en parte el lugar. Yo no sé cómo a Luca se le ocurre ambientar tan mal un lugar para hacer una escena porno. Creo que me congelaré con sólo apoyarme sobre esos ladrillos.


La escena correspondía a una mala versión de la vida de Rasputín que estaba llevando a cabo Luca, en la cual yo hacía del supuesto legendario místico ruso. Dice la leyenda que cuando murió éste, ahogado (es así como termina esta mierda de película también), le cercenaron el enorme pene de casi 30 centímetros y los dos compañeros de éste, sus coquitos. Según me comentó Luca ayer, todos sus subproductos están en un museo erótico en Rusia. ¿A quién se le ocurriría semejante estupidez? ¿Alguien querría ver un pene dentro de un frasco pudriéndose con el paso de los años? En fin, espero que no hagan lo mismo conmigo si es que muero algún día mientras trabajo en esto. Aunque creo que Luca, de alguna forma, trataría de seguir lucrando de mis medidas genitales hasta la posteridad tal cual lo están haciendo, después de casi un siglo, con las bolas de Rasputín.


La mujer que me acompañaba en la escena se llama Tatiana. Es de contextura delgada aunque de todas formas tiene un poco de grasa abdominal. Es de tez blanca, un poco pálida para mi gusto, de unos enormes ojos verdes y cabello tinturado rubio. Tiene unas tetas de silicona muy sobresaliente y un culo redondo, perfecto. Creo que me gusta un poco su figura. El papel que representa ella es él de mi esposa, con la que se supone que tengo tres hijos, los cuales obviamente no se ven en esta película por ser una producción de mayores de edad. Obvio.


Luca da las últimas órdenes a los camarógrafos y a los de iluminación mientras él se sitúa en su pequeño monitor desde donde controla todo lo que pasa y lo que no dentro de la sala donde nos encontramos. Pide unas cuantas cervezas para nosotros y para él, las bebemos y nos pide que nos ubiquemos en nuestras posiciones. Comienza la grabación.


El idiota de Luca se cree absolutamente el cuento. Cree que él es una especie de Tarantino; yo, su Brad Pitt y Tatiana, su Angelina. Se mueve de un lado a otro, camina, descansa, camina y vuelve a descansar. Reposa mientras bebe su cerveza. Se inquieta, parece un león enjaulado mientras nosotros comenzamos a “actuar”. No recuerdo a un hombre que se tuviera tanta fe en lo que hace como el zafado que en este momento está detrás de todo esto. Me recuerda a la ilusión de los pobre y desafortunados, y nosotros, marionetas que llevamos a cabo sus más retorcidas locuras.


Creo que le admiro de alguna forma.


Luca le pide a Tatiana que sea más natural al momento de darme un beso en la boca, que se ve muy fingido, irreal. Lo repetimos. Luca queda conforme. Yo me siento a la mesa una vez que entro en escena, después del beso, y comienzo a saborear un plato de sopa que me sirve mi supuesta esposa.

- ¡Puta de mierda! ¡Esto está frío!-le gritó, siguiendo las frases del libreto.

- Pero mi amor… Come antes que se enfrié más-me replica Tatiana.

- ¡Qué te crees que me vienes a decir qué hacer! ¡YO SOY EL HOMBRE DE LA CASA Y DEBES OBEDECERME! ¡CALIENTA ESTA MIERDA Y RÁPIDO! ¡NI EL ZAR SE ATREVE SIQUIERA A MIRARME A LOS OJOS Y TÚ, INSIGNIFICANTE, LO HACES! ¡QUÉ TE CREES, CARAJO!-le grito aún más fuerte tomándola desde la cola que sobresale tímida desde sus cabellos.

Ella grita, da un aullido. Creo que me pasé un poco con el tirón que le dí, pero parece que a Luca le gustó. En cambió a mi no, sobretodo el diálogo barato que inventa para que follemos. Todo trata de que yo me enoje con ella y ella se ponga sumisa y le haga el amor, pero en este caso en particular, de amor, nada. Será sólo sexo salvaje y bien duro.


Tomó a Tatiana de la cintura y me refriego en ella. Gime. Continúo así mientras toma mi plato y lo lleva a una pequeña cocinilla instalada en un sector de la sala. La sigo mientras acarició sus grandotas nalgas. Me parece excitante todo esto. El poder que tengo sobre ella y ella que sigue todo lo que le exijo. Me gusta.


Tatiana coloca la sopa en su lugar y luego la bota al suelo intencionadamente. Se agacha y es aquí donde yo y mi verga entramos en acción. Me bajó rápidamente los pantalones y quedo con mi pene erecto al aire. Tatiana lo siente por sobre su vestido. La veo que también esta un poco excitada. La golpeo con mi verga mientras se aprieta con firmeza hacia mí y da un pequeño pero delicioso gemido. Luca, al cual le miro la cara, no da más de emoción. Pide que sigamos tal cual con una seña con sus manos.

- ¡AAAAHHHHH! ¡MÉTELA!-pide gimiendo Tatiana.

- Tus deseos son ordenes mi querida…

En ese instante le subo el vestido y dejo al descubierto su blanco y voluptuoso trasero. Mientras sigue agachada, con su mano toma mi verga y la guía hacia el sitio donde debe entrar. Nada de sexo anal fueron sus peticiones antes de empezar, así que hay que cumplirlas. De lo contrario, el gordo de Luca deberá indemnizarla. Así creo que funciona eso del pequeño agujero o del “nudo de globo” como le dice éste. Viene por separado y, por lo tanto, el precio también.


Una vez adentro de su vagina comienza en meneo. De un lado para el otro, de adelante hacia atrás y viceversa, una enormidad de veces. Eso hasta que Luca nos pide que cambiemos de posición. Ella se monta sobre mí. Todo normal, nada nuevo para mí. Mientras me movía siguiendo su ritmo, recordaba mi primera vez con una muchacha con tetas aún más grandes que las de Tatiana, con el agregado de que aquellas eran naturales. Fue todo raro aquella vez, en fin. Esto si que era sexo. Duro, duro, duro.


Habían pasado cerca de una media hora así, movimiento tras movimiento. Adelante, atrás, adelante y nuevamente atrás. Luca me pidió que acabara sobre Tatiana, específicamente sobre sus enormes y plásticas tetas.

- ¡TÍRA TU MIERDA AHÍ, RÁPIDO! Tengo más polvos que filmar además de éste. ¡En las tetas, huevón, en las tetas!

Mientras jadeaba asentí con la cabeza. Yo me salí de aquella vulva desnuda (exigencia de Tatiana también: Nada de pelos, incluidos los míos, así que deben suponer que mis bolas están más desnudas que de costumbre) y me puse de pie a su lado mientras ella permanecía sentada sobre aquella mesa en que hace un rato había una sopa.


Tocaba y tocaba sus adquisiciones quirúrgicas de una manera tal que creí que podían reventarse en cualquier instante. Y gemía, gemía de una manera que un hombre que no haya botado un poco de esperma antes hubiese acabado con tan sólo oírla. Yo mientras tanto masajeaba mi verga de modo que saliera el semen cuanto antes para no provocar la ira de Luca. Y así lo comencé a sentir. Me sentía cerca del limbo de la excitación máxima y la tranquilidad infinita, del momento más efímero e indefenso que puede tener cualquier persona: el momento del orgasmo.


Tatiana se asomaba para recibir mi carga. Tomaba mi verga mientras me sentía suelto, más liviano. Tan sólo cerré mis ojos y deje que las cosas siguieran su curso. Hace tiempo que no tenía sexo y fue bueno sentirse así. Una sensación distinta a la que te otorga la masturbación.


Luca se encontraba revisando las últimas imágenes mientras yo me limpiaba el pene. No sabía que me diría una vez terminada la escena. ¿Le habrá gustado o no? Ojalá que si, pensaba. Luego salió de su extrema concentración y se dirigió hacia mí.

- ¡Notable, pendejo! ¡NOTABLE! ¡Te pasaste!-decía aplaudiendo-Me acabas de demostrar que tenía que confiar en ti y esperar a que se te pasaran tus trancas mentales. Lo hiciste fantástico. Lo mejor de todo fue la corrida y en jalón que le diste a su pelo. ¡PARA UN ÓSCAR PORNO ESTÁS, PENDEJO! ¡VEN! ¡Déjame abrazarte!

Yo sólo atiné a sonreír de manera estúpida. El abrazo que me dio Luca fue aún más apretado y con más afecto que aquel que me dio la vez que regresé a la productora.

- ¡Vamos a celebrar esto! ¡Tráiganme una botella de Champagne para hacer un salud por el nuevo John Holmes chileno! ¡DANTE!

Todo el mundo estaba feliz en ese lugar, incluso yo, que por fin sentía que esto realmente podía ser una buena y real forma de ganarme esos mugrosos pesos que me han sido tan esquivos. Hasta la vieja de la recepción estaba ahí, celebrando con nosotros. De hecho fue ella la que apareció con la botella y las copas. Johnny y la Cata, otros actores de la productora, aparecieron con una botella de whisky y comenzó una celebración de aquellas. Todo era gritos y risa y alcohol a destajo hasta los camarógrafos estaban con copas en sus manos. Todo era felicidad hasta ese momento. De pronto alguien abrió la puerta de la sala, gritando.

- ¡¿QUÉ PASA AQUÍ?!

Me volteé. Era Sofía.


By IgOrCeTe...


domingo, 16 de mayo de 2010

EL BURRO ARREPENTIDO (CAPITULO 8)

Las cosas en mi casa no estaban saliendo del todo bien. Mi mamá se quejaba de todo lo que hacía por nosotros y que nosotros no respondíamos. A mi me decía que era un vago que no hacía nada por salir de esta situación y que cada día que pasa estoy yendo menos a clases.


Mi hermana también estaba sufriendo la misma situación que yo, obviamente por razones distintas. El otro día me contó que estaba saliendo con un compañero de la universidad, que él la hace feliz y todas esas mamonerías típicas de personas enamoradas. Yo la veo feliz con todo eso, pero espero que no se ponga estúpida y deje de estudiar o de ir a clases por culpa de su nuevo noviecito.


Aquello eran las únicas novedades que ocurrían en mi decepcionante vida. Nada de dinero, nada de trabajo y casi nada de estudio. En la primera tanda de pruebas me había ido muy mal. Sólo tenía dos notas sobre el cuatro de un total de seis ramos. Prefería revisar el diario y vagar por las calles de Santiago buscando algún trabajo esporádico que tomar los libros y sacar esas miserables fotocopias que se comían lo poco de dinero que me quedaba. Mis amigos me ayudaban un poco con eso, pero ya estaba harto de depender de ellos. Me parecía un abuso.


Un día me sentí tan desesperado por mi situación que decidí agregar a Sofía en Facebook. Lo primero que hizo fue escribirme en un mensaje que ojalá piense bien las cosas y vuelva a trabajar con Luca, que el viejo me quiere para una película de alto presupuesto, que sin mi no seria así y un montón de cosas para que me entusiasmara con la idea. Lo pensé cerca de una semana y al día siguiente ya estaba en la oficina de Luca para hablar sobre el proyecto.


Caminé por Agustinas con la misma esperanza que me embargó la primera vez que me reuní con él. Ahora sentía que todo sería distinto. Nada de pendejadas y cosas por el estilo. Trataría de ser un buen profesional del mercado porno y a aprovechar lo máximo posible el enorme trozo de carne que cuelga desde la base de mi pubis.


Toqué el timbre y apareció una señora de unos sesenta años. Me pareció raro que estuviera alguien de tan avanzada edad en ese puesto, ya que Luca tenía antes a una rubia espectacular sentada tras ese mesón de roble.

- Hola ¿A quién desea ver?-me preguntó la señora mientras yo me detenía a mirar una enorme verruga que sobresalía de su mejilla derecha.

- Hola. Vengo a ver a Luca, me está esperando. Tengo una reunión con él.

- Espéreme un momento mientras lo anuncio.

Asentí con la cabeza y me senté en unas pequeñas sillas que tienen en la recepción. Cogí una revista de esas típicas de peluquería. Ya sean “Cosas”, “Caras” o alguna basura de papel cuché similar. Observaba como Cecilia Bolocco se casaba con Carlos Menem. Súper novedosa la noticia. Había unas fotos en que salía ésta comiendo esa comida con porotos que allá en Argentina llaman “locro”. ¡Qué mierda más ordinaria! Ni en un matrimonio de mendigos comen esas huevadas. Más adelante había una entrevista a Zulemita, la hija de Menem, en que le tiraba mierda a la Bolocco.


Así transcurrieron quince minutos hasta que el maldito Luca se digno a aparecer.

- Pasa pendejo-dijo mientras abría la puerta de su oficina-Toma asiento.

Me senté y tragué un poco de saliva. Estaba un poco nervioso.

- Pendejo te escucho.

- Bueno Luca, ya debes saber por qué estoy acá. No debe ser ninguna sorpresa. En primer lugar te quería pedir disculpas por mis reacciones estúpidas aquella noche de la fiesta, es sólo que estaba un poco borracho…

- ¿Un poco?-interrumpió Luca-No seas cara de raja, pendejo. Estabas más borracho que cualquiera que estuviese ahí dentro. Te deberías haber pegado unas rayas de esas que te ofreció mi hermano, así ni cagando hubiese terminado de esa manera.

- Si, es verdad. Bueno, en segundo lugar quería ver si podía volver a trabajar aquí en la productora. Sofía me contó que me necesitaba para un papel en una película y yo necesito su dinero así que creo que será beneficioso para ambos el que yo trabaje aquí.

- ¿Pendejo que te pasó este tiempo afuera? ¡Hablas como todo un hombre que sabe lo que le conviene en la vida! ¡Por supuesto que puedes volver! Aunque trata de mantenerte lejos de las botellas mira que no quiero que se te duerma la manguera cuando queramos filmar. Tienes que estar duro como roca cuando te toque perforar alguna vagina, porque esta vez serán sólo vaginas, nada de anos peludos de hombres, así que tranquilo.

- Me parece bien porque esa vez fue muy terrible para mí. Fue todo muy rápido. Creo que ahora saldrá todo bien, Luca. No te preocupes de nada.

- Así se habla Dante. ¿Puedes venir mañana después de almuerzo? Necesito hacer unas pruebas de cámara y sacarte un par de fotos ¿Te parece?

- Mmm… no lo sé. Mañana tengo un control en la universidad a esa hora, pero no te preocupes, esta vez no te defraudaré.

- Muy bien, te espero entonces.

Nos dimos la mano y luego Luca me dio un fuerte abrazo. Un abrazo de esos que se dan dos personas en momentos trascendentes. En eso momento sentí lo realmente importante que era yo para ese ser gordo de baja estatura, lleno de ilusiones de ser un reconocido director de películas porno. Nunca me había sentido así de valorado por una persona que no fuera mi mamá o mi hermana. Fue grato sentir eso.


Luca me acompañó hasta la puerta y se despidió. La señora de la recepción me pasó una hoja que debía firmar. Trataba de mi incorporación al proyecto. Firmé y me retiré de ahí. Cerré la puerta que tiene el número 404 con nuevas energías y una sensación de que todo comenzaría a cambiar.




Al otro día fui a la universidad, tenía clases temprano, a eso de las ocho de la mañana. Me compré un café y entré a la sala. Ahí estaban mis dos amigos, Víctor y Matías, sentados sobre unas mesas.

- Hola basura ¿Cómo estás?-me dijo Víctor.

- Bien-respondí yo-tratando de recordar las fórmulas para el control del tercer bloque.

- ¿Estudiaste también para el de la tarde?-me dijo Matías con su cálida voz de predicador callejero.

- No.

- ¿No?-dijeron ambos-¡Si va a estar súper difícil!-continuó Víctor.

- No, no estudié porque no lo daré. Tengo una entrevista de trabajo y no puedo faltar, de eso depende mi futuro económico y el de mi familia.

- Bueno, si es así…-dijo Matías.

- ¡siéntense que viene el profesor!-gritó alguien desde afuera como si éste fuera un ser malévolo al que no le gusta ver a nadie de pie al interior de la sala.

- Ya… de ahí conversamos entonces… o tal vez mañana porque después tengo electivo-les dije.

Ambos asintieron con la cabeza, se sentaron en sus respectivos puestos y comenzamos a oír la fastidiosa clase que incluía unas dos tristes disertaciones.


Durante el siguiente bloque me cambié de sala puesto que tenía un electivo de Estadísticas que lo daban en otra sala que quedaba distante de la que me encontraba anteriormente. La profesora, una señora de más o menos cincuenta felices años, dibujaba fórmulas sobre la pizarra que había que usar para desarrollar un ejercicio con un ánimo casi delirante. ¿Cómo alguien puede vivir, alimentarse y hacer parte de su vida un montón de letras y signos que no tienen mayor sentido dentro de la realidad perversa en que nos desarrollamos? Pensaba lo loca que debía estar ella para hacer semejante estupidez. En ese momento dudé de que si estaba haciendo lo correcto en volver a trabajar con Luca. Sudaba. La felicidad de la profesora junto a sus desviaciones estándar y las fórmulas para establecer si una hipótesis era correcta o no me estaban matando por dentro y haciendo que todo lo que había hablado ayer con Luca se fuera al tarro de la basura. Esperé. La profesora siguió hasta terminar el ejercicio sobre la blanca pizarra acrílica y el resultado señalaba que la hipótesis no estaba en la región crítica. Por lo tanto, era correcta. Problema resuelto para ella y también para mí.


Más tarde dí el control que tenía y salí corriendo a la estación de metro más cercana, República. Miraba como toda la gente se ignoraba los unos a los otros. Eso es algo que no me gusta de estos viajes. Te hacen pensar, pero esta vez no lo hice. Encendí mi reproductor de música, subí al máximo el volumen de éste. Esperé un par de minutos y subí al tren con destino a la estación Universidad de Chile.


Una vez ahí bajé, salí a la Alameda y caminé hasta llegar hasta San Antonio, la calle donde estaba la galería que daba al lugar donde se encontraba la oficina de Luca. Paré frente a un kiosco, compré el diario por si debía esperar ya que así no leía esas pútridas revistas de papel cuché de la recepción. Seguí mi camino. Llegué hasta el ascensor, subí. Me miraba en el espejo de éste y veía como temblaban mis manos y mis piernas. Tal como aquella primera vez. Sudaba un poco mientras miraba mi rostro que se veía demacrado producto de la presión a la que estaba sometido el último tiempo.


Una vez que estaba adentro de la oficina mi mente se liberó de todas las barbaridades que pasaron por mi cabeza alguna vez. Luca me trataba con una atención especial a la que trataba al resto y eso me relajó y me hizo sentir bien.


Me desnudé tal como la primera vez, pero esta vez sin el temor de estar haciendo algo malo o incorrecto. Estaba tranquilo, asumiendo de una vez lo que me ha tocado hacer en este momento de la vida. Incluso cuando la blonda fotógrafa que acompañaba a Luca me pidió que le regalara una erección para las pruebas de cámara se la di sin problemas. Pensaba, pensaba, pensaba y pensaba mientras me sacaban un montón de fotos en distintas posiciones en compañía de una delgada mujer… ¿Después de todo a quién no le gusta follar?



By IgOrCeTe...


martes, 11 de mayo de 2010

PORNO A LUCA (CAPÍTULO 7)

¡Este cigarrillo sabe a mierda recién cagada! ¿Cómo alguien que se dice ser persona puede fumar semejante bosta pastosa, si con suerte esto echa humo? Lo apagué de inmediato. ¡Cómo si les pagara poco para que no gasten unas monedas más en un cigarro mejor! Es indignante. El otro día Johnny me dio unos sorbos de un whisky que tenía en su casillero. ¡Qué mierda más mala! Era meado de vaca esa mierda. Fuman caca y beben orina. ¡Cómo les falta clase a estas mierdas! Lo que tienen de verga no lo tienen en ser decente.


Y esas putas actrices tampoco se salvan. No son capaces de abrir el hocico para decir que andan con el periodo. He tenido que cortar un montón de escenas porque comienza a correr sangre desde sus deshechas vulvas. ¡No tienen respeto ni por sus compañeros las muy putas! ¿Hay algo peor que una verga manchada con trozos de endometrio? Creo que no, aunque creo que demás que habrá alguien a quién le guste esa mierda. Lo bueno es que yo soy el director y decido que se hace y qué no.


He hecho del porno mi vida. Desde pendejo que lo disfrutaba. Me gustaban esas revistas enanas que vendían furtivamente en los kioscos del centro de Santiago. Recuerdo que siempre tuvieron un sentido sagrado para mí. Nunca me masturbé con su inerte compañía como los demás muchachos, así que nunca las manché con mis fluidos. Eran mi Biblia. Creo que un católico tampoco se masturbaría con ella así que pensamos igual.


Gastaba la mitad del poco dinero que conseguía en esos años en mi enorme colección de revistas y también de videos, la que comparto con mi hermano. Esa fue mi escuela cinematográfica. Adoraba las escenas desfachatadas de Tinto Brass, aunque negara después que le gustara el porno, que lo suyo era lo erótico. Ese ha sido el estilo que siempre he querido darle a mis películas, pero yo siempre le he metido más genitales al asunto. Eso es el arte, lo otro es mera calentura irreal, no carnal en su totalidad. Sexo entre ángeles.


No ha sido fácil plantarse en este negocio. Es un terreno prohibido para cualquiera, con un mercado casi inexistente, a pesar de que cada matrimonio debe tener al menos una película cochina fuera del alcance de sus hijos para calentarse un poco antes de darle al meneo. ¡Malditos! No les gusta disfrutar de los placeres que da la vida libremente, siempre tan pacatos y correctos, siguiendo las normas sociales, pero siempre manteniendo una instancia oculta que sólo su mente retorcida conoce. A mi me encanta el porno, pero no esas mierdas raras. En eso no transo. ¡Eso es mierda! ¡Yo hago arte, malditos cerdos!


Creo que la película de Calígula será un éxito. Creo que lo poco de guión que tiene está bien logrado. Lo único que lamento es que mi nuevo descubrimiento se haya borrado del mapa así como si nada. ¿Qué será de Dante? ¿Estará vivo? Desde que vi a ese muchacho lo noté un tipo distinto a las basuras que trabajan aquí conmigo. Su verga…


Ahora pienso en nuevos proyectos, en uno que me tiene fascinado y en el que ya estoy trabajando. Se trata de la vida y obra de Rasputin, el que era famoso por el enorme tamaño de su verga. Dicen que la tenía de 40 centímetros. Por eso pienso en ese maldito pendejo. Él sólo falla en ocho, que es lo mismo que tienen algunos vendedores de arrollados primavera de este país. Dante es ideal para el personaje. Pienso que se convertirá en alguien importante de la escena porno. Le tengo mucha fe. Ojala Sofía logre ubicarlo y siga trabajando con nosotros.


A veces pienso que esa será la última oportunidad para enmendar el rumbo. El dinero se acabará en poco tiempo más y aún no he dado el golpe que le prometí a mi hermano al involucrarme en esta mierda de negocio. Si no resulta me sentiré muerto.


Pienso que será de mi vida en estos años ¿Cuánto me quedará de vida? Nunca he visitado un médico y no pienso hacerlo. Esos perros sólo saben sacarte dinero a la fuerza y obligarte a vivir de forma sana, cómo si estar sano fuera algo divertido. Qué no beba alcohol en exceso, qué no coma carnes rojas, qué consume mucha sal, azúcar y mil mierdas que hacen mal pero que alegran la vida en algunos sentidos.


Creo que dejaré de pensar huevadas y trataré de ubicar a ese pendejo de mierda. A fin de cuentas nos salvaremos ambos si esto resulta.


By IgOrCeTe...